Un blog de la Dra. Natalia Ruiz inspirado en los Grupos de Desarrollo de Conciencia de Semiología de la Vida Cotidiana.

Dra Natalia Ruiz de Otero

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La victimización: una actitud redituable

Ya eran varios los encuentros que había tenido con este grupo y, aunque el cambio era una constante, también había otras cosas que permanecían iguales. Una de ellas era el discurso de Martina, sus palabras entonaban una melodía predecible y repetitiva:

“La actitud de mi esposo está llegando a un límite. Quisiera que lográramos un acuerdo económico en el que yo supiera con qué cantidad cuento al mes para mi SDS. (Solo Dios Sabe en qué me lo voy a gastar). Hoy le pedí un cheque para pagar mis sesiones de grupo y me contestó que dejara de gastar el dinero en tonterías. Pero lo peor del caso es que tampoco le parece muy buena idea que busque un trabajo. Su control me está matando”.

Aunque la actitud de Martina pareciera la de una mujer sumisa y controlada, era evidente para todos que también guardaba una enorme ganancia.

Desde niña Martina aprendió a vincularse con los otros a partir del control. Su padre, un hombre rígido y de ideas conservadoras, también exigía de ella un sometimiento a sus normas. Si bien el alimento que recibió en la infancia, control y dominio, era un factor influyente para que buscara repetir esta conducta en sus relaciones, también es cierto que no tenía porqué ser determinante.

Martina aprendió a conformarse con las falsas ganancias que traía el control a su vida, pero también aprendió de su madre a sacarle un mayor provecho al sentirse la mártir frente a sus circunstancias.

Esta conducta, la victimización, puede ir acompañada, por lo general, de dos tipos de Autoconceptos. Cuando se trata de un Autoconcepto inflado, este tipo de personalidades buscan ser atendidas por las personas que los rodean, y cuando esto no ocurre, cuando se sienten rechazadas o poco vistas, entonces lo viven como una agresión. Suele existir en este tipo de personalidades un perfil paranoico que los lleva a imaginar que están siendo víctimas de alguna conspiración en su contra.

Por el contrario, cuando esta actitud va acompañada de un Autoconcepto devaluado, suelen deprimirse, ya que no se creen lo suficientemente capaces de salir adelante sin la ayuda del otro.

A Martina parecía convenirle el control de su esposo. ¿Por qué? Porque de esa manera evitaba enfrentarse a sus propios miedos al tener que buscar un trabajo o alguna actividad que la hicieran ser independiente. Para ella era más cómodo echarle la culpa a él de sus incapacidades al victimizarse de sus circunstancias.

Si algún día él cambiara su actitud tirana por una más demócrata, ella se vería confrontada consigo misma y su libertad, porque ya no tendría a quién mirar para que la proteja de sus inseguridades. Es decir, ya no habría más pretextos para dar los siguientes pasos.

Ella se decía a sí misma: “no es que yo tenga miedo de ser independiente, es que él no me deja” o “es que yo he tratado, pero él me pone trabas”.

Martina se mostraba débil y maltratada para entonces buscar que los otros sintieran compasión por ella, pero además, con esta actitud se mantenía a salvo de tener que tomar acciones que le significaran un desgaste emocional.

Ejercer nuestra libertad como seres humanos representa un reto que muchas veces preferimos evitar. Significa ejercer la responsabilidad de decidir qué queremos y de encontrarle un sentido a nuestra propia existencia, de tal manera que si en el camino nos equivocamos, implica también aceptar que de nosotros ha surgido la propia adversidad.

La victimización y un perfil infantil se encuentran íntimamente relacionados. En la vida adulta, quien cree ser la víctima, sin serlo, se infantiliza, ya que espera ser rescatado por figuras que considera superiores a él. Se sabe indefenso y sin posibilidades de ejercer su autonomía. Por lo tanto, queda conferido a la necesidad del otro. Descubre una falsa ganancia al descansar su propia angustia existencial en alguien más. También corre el riesgo de perder su propio deseo.

Pero había otra cosa. Cada vez que el grupo o yo misma intentábamos hacerle ver esta posibilidad a Martina, ella se mostraba confundida, poco receptiva, pero sobre todo, se había vuelto una experta en justificar su conducta.

Para ella estaba siendo difícil aceptar lo que el grupo o yo podíamos darle. Así que no puedo negar que, de pronto, comencé a sentirme cansada.

Hay muchas razones por las cuales los consultantes se niegan a recibir diversas intervenciones. Cuando eso ocurre, suelo pensar en varias alternativas. La primera, que no he cuidado el tempo interno de quien recibe mis interpretaciones, que me precipité y que aún no estaba lista para escuchar lo que yo tenía que decirle. Otras veces descubro una enorme resistencia al cambio. No ver lo que para muchos puede ser evidente nos mantiene a salvo de enfrentarnos a lo diferente. También existe otra posibilidad, la cual ocurre en ciertos casos donde el consultante comienza a rivalizar con el consultor. Cuando eso sucede, me detengo a reflexionar sobre lo que está ocurriendo en nuestra relación.

Pensé en mi cansancio, en cómo frente a lo que yo quería ofrecerle se interponía un muro que no me permitía ir más allá. Al adentrarme en mis afectos descubrí cómo su “no”, tan repetitivo y constante, más que una respuesta se había convertido en un límite, así que la invité a hablar de ello. Respondió enfáticamente:

“Siento que con tanta insistencia a que yo vea algo que francamente no veo, ustedes me están queriendo controlar. Quieren controlar lo que pienso y lo que siento. Perdón, pero yo lo veo diferente”.

Esta intervención fue el punto de quiebre para que la melodía tomara, finalmente, un tono distinto.

“Martina, déjame ver si puedo acomodar lo que estás sintiendo en esta sesión. El grupo ha colaborado a lo largo de varios encuentros para que descubras qué es aquello que te hace someterte al control de tu esposo y que, además, tanto te molesta. Sin embargo, parece que has interpretado esta ayuda que todos han intentado darte como un estilo de control, así que esto debe de hacerte sentir muy enojada y frustrada”.

Martina dibujo una sonrisa con la que finalmente se dijo ‘sí’…

Que ella pudiera experimentar esta actitud frente al grupo fue lo que le permitió una aproximación más exacta para descubrir los obstáculos que le impedían recibir ayuda. Pudo darse cuenta que lo que buscaba era sentirse controlada, porque esa era una emoción que conocía. Pero además de esa manera podía escucharse decir para sí misma: “No es que yo no quiera cambiar, es que ustedes no me comprenden”.

A partir de trabajar en el aquí y en el ahora, es que Martina pudo ver, en tiempo real, que ella prefería sentirse controlada y dominada, antes de tener que asumir que en ella existía un gran miedo a ejercer su libertad. Descubrió cómo el obstáculo para lograrlo no eran ni su padre, ni su esposo ni mucho menos el grupo, sino ella misma.

A partir de la reflexión de Martina es que el grupo pudo trabajar en sus propias epifanías:

“Veo cómo me victimizo porque siento mucha responsabilidad de tener que hacer felices a los otros. Pero en realidad, me doy cuenta que la ganancia que obtengo es la de darme mucha importancia personal”.

“Por no responsabilizarme de las malas decisiones que he tomado, me victimizo. Yo elegí casarme con ella y hoy en medio del divorcio es muy fácil hacerme el mártir porque veo que obtengo la ganancia de no hacerme responsable de lo que me toca asumir”.

“Me di cuenta de cómo cuando me dijiste que sientes que no te escucho cuando hablas, me justifiqué, por no decir que en realidad me victimicé. Veo que la ganancia que obtengo es evitar vincularme porque me da mucho miedo, pero en realidad, no sé cómo hacerlo”.

El espejo de la técnica grupal

El ser humano suele enfrentarse a tres tipos de actitudes. Diferenciar una de otra nos permite tener una mayor claridad con respecto a sus orígenes.

Analicemos cada una de ellas:

  1. Las actitudes nodales: aquellas manifestaciones en nuestra conducta que denotan un nudo no resuelto del pasado. Transferimos al presente aquello que en su momento no pudimos, o no supimos resolver del pasado, buscando darle una salida a nuestras emociones.
  2. Las actitudes aprendidas: estas predisposiciones perceptivas tienen que ver con nuestro Imaginario. Todo aquello que adquirimos en forma de condicionamientos. Lo que aprendimos de nuestros padres o figuras de amor cercanas y que repetimos por imitación, porque eso fue lo que nos enseñaron.
  3. Las actitudes autónomas: aquellas a las que aspiramos cuando nos permitimos ser espontáneos al aceptar nuestros miedos. Son aquellas que reflejan lo que verdaderamente somos y lo que genuinamente deseamos.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

La experiencia de Martina nos enfrenta con nuestros propios miedos e inseguridades. Buscar deshacernos de ellos puede resultar tan liberante como amenazante. Es por eso que la victimización se construye como un escudo que nos protege de tener que asumir nuestra propia responsabilidad en medio del conflicto. Aceptarlo nos permite ir dando pequeños pasos hacia la conquista de nuestro propio ser. Validar lo que deseamos no solo es necesario, sino que además, es la única manera de alcanzar la verdadera libertad de ser quienes genuinamente somos. Dejemos de ser nuestros propios enemigos y convirtámonos en aliados de nuestro propio crecimiento.

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¿Cómo lograr asumir la responsabilidad de nuestra vida sin sentirnos amenazados? ¿Es la victimización una conducta que se hereda por imitación? ¿De qué depende que ejerzamos actitudes autónomas?

Referencias bibliográficas

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Perdones incongruentes

“Aquel que no comprende, no perdona; y aquel que no se comprende, no se perdona”. –Dr. Alfonso Ruiz Soto.

Alexa llegó al grupo con ganas de hablar, sin embargo, desplazó sobre algo insignificante lo que verdaderamente la aquejaba: “Necesito ponerle límites a mi hijo con más fuerza, no me parece que a sus 17 años deje de cumplir sus acuerdos conmigo. Ayer prometió llegar a las nueve de la noche y se apareció una hora más tarde. No sé si me agarró de malas por la discusión que tuve con su papá un poco antes, pero sentí que lo mejor era castigarlo”.

A pesar de su resistencia para hablar de lo importante, Alexa entre líneas nos hizo ver lo que realmente la atormentaba.

Es común que al comienzo de una sesión, el grupo utilice los primeros minutos para hablar de temas que encubren la verdadera problemática. Incluso, hay participantes que dejan ver que han estado pensando mucho en lo que les gustaría venir a comunicar al encuentro. Es decir, sin darse cuenta ensayan la defensa que les permita mantener al grupo atrás de la raya. Era evidente que el discurso de Alexa era todo, menos espontáneo.

El grupo se alió por minutos a su resistencia, así que optaron por indagar un poco más sobre el altercado que había tenido con su hijo. Después de ese breve “calentamiento”, por fin decidieron que era momento de poner manos a la obra.

Alexa ¿por qué no nos platicas de la discusión que tuviste con tu esposo esa misma noche?

Como si la pregunta la hubiera tomado por sorpresa, hizo una pausa y finalmente contactó con lo que la perturbaba hace tiempo:

“No termino de confiar en él. Sé que prometí que volvería a hacerlo, pero lo que siento, es más fuerte que mi voluntad”.

Hace un año que el esposo de Alexa le había sido infiel con una compañera de trabajo. El evento desembocó en una fuerte crisis de pareja. Pero él, arrepentido de sus acciones buscó por todos los medios que ella lo perdonara. Después de un tiempo, Alexa decidió darle otra oportunidad, así que él regresó a casa con la firme esperanza de rescatar lo perdido.

Sin embargo, Alexa no lograba reponerse del ataque. A pesar de su deseo de continuar con él, no había logrado extirpar del todo el aguijón que seguía lastimándola.

“Ayer me dijo que comería con unos clientes del trabajo, así que no pude evitar preguntarle nombres, lugar, hora del encuentro, todo lo que pasó por mi mente. Llegó a ser tanta mi insistencia que lo desesperé, al grado de que me dijo que no podíamos seguir viviendo así. Ahora resulta que las cosas han tomado un rumbo distinto y que el ofendido es él”.

Para Alexa, la traición de su esposo, había resultado un golpe devastador. Una parte suya deseaba dejar atrás lo sucedido, pero había otra parte oculta que operaba sin que pudiera evitarlo.

Perdonar, implica, entre otras cosas, darle al otro la oportunidad de reparar sus errores. Pero además de ello, entraña hacer una resignificación del evento.

Todos hemos construido, a partir de nuestras historias, un mundo interno desde el cual vemos la vida y le vamos dando un significado singular. De ahí que sea tan difícil que los seres humanos podamos comprendernos con naturalidad, ya que cada uno de nosotros ve las cosas según lo que nos ha tocado vivir.

Alexa fue la hija predilecta de su madre. Siempre le reconoció ser una niña buena y una gran estudiante. Destacaba por encima de sus hermanas porque era obediente y respetuosa. Cuando en su vida adulta se enfrentaba a alguna dificultad, le era difícil reponerse. Sobre todo al juicio con el que se fustigaba a sí misma por haber fallado.

Al comprender el cristal a través del que Alexa veía la vida, ella pudo reconocer que lo que verdaderamente le había dolido de la traición de su marido, era haber dejado expuesta su imagen de “perfección” frente a los demás:

“Sueño que mi madre revisa mi boleta de calificaciones y aparecen puros ceros. Ella me mira con decepción mientras yo intento borrar esos números y poner otros que me hagan transformar su expresión. En el momento que logro cambiar los números, mi mamá me mira con lástima y me da una taza de café”.

El grupo colaboró con Alexa para comprender lo que había en su sueño:

Para Alexa la opinión que los demás tenían de ella era prioritaria. Pero además pudo ver que en el sueño jugaba un doble personaje. Por un lado aparecía ella angustiada por haber reprobado como mujer o como esposa, pero por el otro lado, también era ella en el papel de su madre, quien se miraba a sí misma con decepción. En su desesperación intentaba borrar los errores del pasado y transformarlos en algo que le hicieran aceptarse de vuelta.

¿Y la taza de café?

“Cuando mis hermanas sufrían o llegaban a casa con algún problema mi mamá solía prepararles una taza de café. Aunque no era una mujer muy cariñosa, siempre me pareció un gesto amoroso. Ahora que lo veo puedo darme cuenta cómo por un lado he intentado ser compasiva conmigo misma, pero por el otro lado, existe el coraje, porque yo no quiero ser como mis hermanas: débiles e imperfectas”.

Cuando los participantes generan asociaciones en relación a su pasado, una opción es detenernos a explorar su historia. Sin embargo, el riesgo que corremos es que pronto comiencen a racionalizar sus intervenciones. Por lo tanto, resulta mucho más efectivo dirigir sus emociones al “aquí y el ahora” buscando alguna situación análoga al pasado que les haga comprender lo que les está ocurriendo en su presente.

Durante sus intervenciones, alguien se acercó para darle un pañuelo. Como ya solo quedaba uno en la caja, hubo también quien sacó de su bolsa los suyos para compartirlos con ella. De lo que estaba ocurriendo en ese momento en el grupo, fue que pudimos explorar su mundo interno, al indagar qué le provocaba esta acción de sus compañeros:

“Me confunde; por un lado, les agradezco los pañuelos, pero por el otro lado, siento vergüenza, ¿así de mal me ven?”.

El grupo pudo aclarar sus verdaderas intenciones. Le hicieron saber que eran todo lo contrario, les parecía muy alentador ver que también ella se permitía hablar de su dolor. Que estaba siendo sincera y cercana con su problemática.

Esta intervención resultó mucho más útil para ella que intentar suponer lo que sinceramente buscaba su madre al ofrecerles una taza de café a sus hermanas. El que Alexa pudiera hablar de lo que para ella representaba en el aquí y en el ahora recibir el cariño del otro, le dejó un aprendizaje mucho más significativo que mirar hacia atrás. Porque además, este tipo de confesiones grupales son las que suelen ser recordadas por sus miembros, vigoriza sus vínculos y les permite ir profundizando en su trabajo interno.

En el momento en que Alexa sintió la cercanía del grupo, se animó a hacer la pregunta que tanto la confundía:

”Sé que me empeño en ser perfecta, pero no puedo evitarlo. Eso me hace señalar con vehemencia los errores de los otros y cobrárselos con fuerza, jamás me permitiría ser yo quien se equivoque de esa manera. Pero si lo sé, ¿por qué no puedo dejar de culparlos?

Las actitudes de “sí, pero no”, son conductas que nos acompañan a lo largo de nuestra vida haciéndonos actuar de una forma totalmente incongruente. Existe una parte de nosotros que cree estar convencido de algo: “sí voy a cambiar” (pero sigo actuando de la misma manera), “sí te amo” (pero te agredo pasivamente) “sí te perdono” (pero cualquier ocasión es perfecta para cobrarme tus errores). Entonces, ¿cuál es la recompensa que obtenemos con estas actitudes?

Perdonar a medias a veces nos conviene porque deja en el medio una culpa que se prolonga en el otro. Esa agonía nos ayuda a empoderarnos falsamente sobre los demás. Sin embargo, el precio que pagamos a cambio de ese poder, es la autodestrucción a través del rencor.

Que el grupo pudiera darse cuenta de cómo Alexa se encontraba atrapada en esta conducta tan desgastante, fue lo que les permitió voltear a ver sus propias incongruencias y hablar de sus epifanías:

“He preferido ocultarle a mi exmarido que ya he podido tener una nueva relación. Siempre pensé que si se enteraba, sus celos lo harían retirarme toda la ayuda económica que recibo de él, cuando en el fondo, lo más probable es que yo ya no le importe y saber eso me dolería mucho. Hoy me doy cuenta que en realidad lo que he buscado es alimentar su culpa por haberme dejado. Hacerle saber que he podido rehacer mi vida significa aliviarlo y por lo tanto me dejaría de sentir empoderada sobre él. Sin duda he jugado el juego de ‘sí te perdono, pero sufre entre mis manos’ y el precio que estoy pagando es muy alto. He pospuesto reconstruir mi proyecto de vida con absoluta libertad con tal de seguirlo haciendo sentir culpable”.

“Mi pareja cada vez es más violento. Primero fueron gritos, después empujones y la última vez me golpeó. Juré alejarme de él, sin embargo fue tanto su arrepentimiento, sus ganas de cambiar que lo perdoné. Sin embargo me doy cuenta de mi coparticipación en esta dinámica tan turbia. Sé que lo agredo pasivamente, me reclama el ser coqueta con otros hombres y yo siempre lo he negado. Hoy veo que sí ¡aquí lo he descubierto con ustedes! Sin darme cuenta lo llevo a límite de sus celos porque sé que él será el primero en perder el control y entonces será él quien se sienta culpable. Esta actitud de ‘sí te perdono, pero púdrete en tu culpa’ es un juego de lo más perverso, del cual agradezco que me hicieran consciente”.

“Cuando lo conocí, estaba convencida de que yo no quería ser mamá. Sobre todo, porque él ya tenía hijos y no buscaba tener más. Hoy me di cuenta que en realidad quise convencerme a mí misma de renunciar a la maternidad con tal de no perderlo. Actué el “sí, pero no” y hoy vivo las consecuencias del miedo que tuve a ser rechazada por él. Le cobro esta decisión al hacerle la vida cansada y sobre todo, me he desquitado con sus hijos que nada tienen que ver. Creo que es momento de asumir con madurez que así lo decidí y, hoy a mis 46 años, lo mejor que puedo hacer es intentar reparar el presente sin recriminarle a nadie lo que en su momento asumí”.

El espejo de la técnica grupal

El grupo nos enfrenta con nuestras propias confusiones e incongruencias y las hace evidentes. Pero a la vez, ofrece lo espejos necesarios para descubrir que contamos con las herramientas adecuadas para aceptar lo que genuinamente sentimos.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Estas actitudes de “sí, pero no”, se convierten en los juegos tóxicos que todos jugamos sin tener demasiada conciencia de ello. Estos juegos se prolongan porque existen recompensas de la cuales es difícil desprenderse. Sin embargo, cuando vemos que esas recompensas nos han hecho vivir en un mar de incongruencias, es que podemos ver que en nuestro afán por cobrarle al otro nuestro sufrimiento, lo que verdaderamente provocamos es la imposibilidad de extirpar el aguijón que por tanto tiempo nos ha lastimado. Sin darnos cuenta optamos por preservar una falsa zona de confort, porque es más fácil cobrarle al otro nuestro sufrimiento, que asumir con madurez que en su momento decidimos algo. Pero al tomar una decisión que no se asume, nos volcamos contra nosotros mismos haciéndonos más daño del que cualquiera podría hacernos. Hoy estás a tiempo de decidir mantener una relación lógica contigo mismo, al vivir los beneficios de practicar la congruencia entre lo que se piensa, se siente y lo que se hace: seamos honestos con nosotros mismos.

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¿Cómo se relacionan el perdón y la culpa? ¿Perdonar, implica olvidar? ¿Es el perdón un acto que beneficia al otro, a mi mismo o a ambos?

Referencias bibliográficas

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¿Por qué vivimos constantemente insatisfechos?

“Los falsos deseos provienen del Imaginario, los deseos genuinos provienen del amor”. –Dr. Alfonso Ruiz Soto.

No puedo decir que después de varios años de escuchar a mis pacientes, las palabras de Martín me sorprendieron: “Siempre pensé que lo único que me faltaba en la vida para ser feliz era terminar de pagar la casa que con tanto esfuerzo construí. Hoy que la tengo, lejos de disfrutarla, me deja un confuso sentimiento de insatisfacción. Quien mire las formas diría que tengo la vida perfecta: amor, salud y dinero, sin embargo y por extraño que suene, en el fondo, cuanto más tengo, más vacío me siento”.

Cualquiera que lo oyera, sin verdaderamente escucharlo, podría señalarlo como un malagradecido con la vida, incluso hubo en el grupo quien lo definió como un “pedante que no sabía lo que era tener verdaderos problemas con los cuales lidiar”. Pero también hubo quien pudo ver más allá de sus palabras y darse cuenta, que de una u otra manera, describían las circunstancias de muchos de los que estaban ahí. Ya que sin necesariamente tener “salud, dinero y amor” sentían lo mismo, porque la insatisfacción es uno de los malestares más comunes en la vida psíquica de los seres humanos, sean exitosos o no.

Martín se dirigió al grupo intentando aclarar su confusión: “¿A qué se debe que aunque logremos lo que por tanto tiempo deseamos, aparezca la insatisfacción?”

Estamos insatisfechos porque ni siquiera sabemos con certeza qué es lo que deseamos. Vivimos tan volcados hacia afuera, en cumplir las demandas del otro, en cubrir las necesidades de nuestro Imaginario, que no somos capaces de reconocer lo que verdaderamente queremos; de ahí que surjan todas nuestras conductas compulsivas, orientadas a colmar un deseo que desconocemos. Por eso, hagamos lo que hagamos, nos seguimos sintiendo insatisfechos, porque no estamos atendiendo la causa original de nuestro vacío. Esto no quiere decir que no existan momentos en los que experimentemos plenitud, sin embargo, es mutante, aparece y se transforma haciéndonos desear nuevamente “algo”.

El conflicto resulta en que el deseo nunca deja de existir en nosotros. Por lo tanto, corremos el riesgo de vivir perennemente insatisfechos.

Desear, es inevitable, incluso es parte de lo que nos mantiene con vida, es el motor de la voluntad. Por lo tanto, un hombre que ha dejado de desear se ha abandonado a sí mismo.

El grupo se sentía identificado con lo que escuchaba así que alguien más cuestionó: “Pero entonces, ¿cómo movernos en dirección constante a la plenitud?” El trabajo radica en que cada uno de nosotros descubra y acepte lo que tanto anhela.

El deseo es la confirmación de que en nosotros existe un vacío que busca ser satisfecho. Sin embargo, la forma en la que conocemos nuestro vacío es por lo que nos hace sentir: el vacío es la expresión de mi Huella de Abandono, una emoción. En consecuencia, el satisfactor de ese vacío va a estar dado por la modificación en nuestras emociones. Pero para transformar lo que sentimos, primero tenemos que transformar la forma en la que nos percibimos y percibimos el mundo.

Martín seguía ávido de respuestas: “Todo lo que dicen me hace mucho sentido y a la vez me hace preguntarme: ¿cómo puedo conocer la causa original de mi vacío?”

Primero, detengámonos a sentir, sin miedo ni resistencia, nuestro vacío. Crecimos rodeados de tantos condicionamientos que nos es muy difícil saber con claridad qué es lo que realmente queremos. A veces podemos estar convencidos de que lo que deseamos con todas nuestras fuerzas es ser reconocidos, valorados, admirados, un coche último modelo o belleza infinita y, sin embargo, cuando contemplamos esa idea sin juicios, descubrimos que quien verdaderamente lo desea es nuestra falsa personalidad. Esa parte de nosotros que ha sido alimentada a partir de lo que los demás esperan de uno, o a partir de lo que nos han impuesto como modelos a seguir: el Imaginario.

Lo que vemos en la vida depende mucho de lo que creemos que estamos buscando. Solemos ajustar nuestra mirada sobre aquello no tenemos, de ahí que surja la envidia. Nos es muy fácil detectar quién tiene lo que tanto deseamos.

Pero la visión, como suele ocurrirle a la mayoría de las personas, se enfoca más en la carencia que en la abundancia. Ya no percibimos con claridad lo que se tiene porque deja de ser novedoso y se asume como parte de la cotidianeidad. Se vuelve monótono e incluso aburrido, ya no lo apreciamos.

Martín acomodaba toda esta información como si de pronto el grupo hubiera hecho una radiografía exacta de lo que le estaba ocurriendo. Así que finalmente pudo llegar a lo que necesitaba responderse: “Entonces, ¿cómo diferenciar nuestros falsos deseos de un verdadero deseo?”

El auténtico deseo es aquel que está orientado a generar un placer de realización para nuestro Yo. Si eso no ocurre, entonces no se trata de un deseo genuino, se trata de un falso deseo; un capricho o alguna compulsión con la cual nos alejamos de atender lo que verdaderamente buscamos. Es decir, aquellos deseos que surgen del Yo y se proyectan hacía afuera son aquellos dirigidos a atender nuestro verdadero anhelo, en cambio, aquellos deseos que surgen del Imaginario suelen estar orientados a anestesiar, momentáneamente, nuestro apego.

Reflexionemos sobre lo ocurrido con Martín: él perdió a su madre cuando tenía nueve años, quedando al cuidado de su padre y su nueva esposa. Cuando crece decidió ser arquitecto y cuando tuvo el dinero suficiente construyó una casa para sí mismo convencido de que cuando la tuviera se sentiría satisfecho. Es decir, cimentó un deseo originado por lo que veía en el Imaginario. Por eso, cuando éste se realiza, sin duda experimentó un momento de plenitud, aunque pronto se desvaneció. Al detenernos a meditar sobre ello, Martín descubre lo que la casa significaba para él. Tenerla le daba seguridad, buscaba sentirse arropado por unas paredes que fueran suyas y que nunca lo dejarían. Necesitaba saber que fuera a donde fuera, contaba con una base segura a la cual regresar. Por lo tanto, la forma del deseo, a partir de este diálogo íntimo con él, tomó un fondo distinto. Al descubrir que lo que sinceramente anhelaba, era reparar el dolor que le significó la muerte de su madre. Hacer esta distinción implica que el satisfactor pueda tomar diferentes formas, no necesariamente la de una casa, por lo tanto, dejamos de obsesionarnos con lo que consideramos es la única manera de aminorar el vacío.

El que Martín pudiera darse cuenta de esto significó un placer inmediato para su conciencia, ya que pudo discernir lo que verdaderamente estaba buscando: una mamá y no una casa. Esa experiencia es la que conocemos como una epifanía, “¡me cayó el veinte!”. Por lo tanto, nos permite acomodar el propósito de nuestras acciones de una manera diferente. Ese ajuste trae como consecuencia un momento de satisfacción real, ya que a partir de esa revelación nuestras acciones buscarán atender, con conocimiento de causa, la génesis original de nuestra Huella de Abandono.

Sin embargo, conocer nuestro deseo también nos coloca frente a una paradoja: aceptar que ese deseo, aunque surja del Yo, no necesariamente se cumplirá tal cual, porque en la vida puedo muchas cosas, pero también hay muchas otras cosas que no puedo. Pero eso no quiere decir que nos encontremos frente a un callejón sin salida, en realidad, nos coloca frente a la oportunidad de darle a nuestra historia un significado diferente:

“Conocer mi vacío me hace sentir satisfecho, pleno, saber con certeza qué impulsaba mis pasos. Hoy sé que no puedo revivir a mi madre ni sustituirla con una casa, pero aceptarlo también me hace ver en lo que se ha transformado su ausencia. Si busco dentro de mí descubro que he podido construir otros vínculos que me han dado la oportunidad de sentirme seguro, arropado y atendido emocionalmente. Reconocer la imposibilidad de revivir a mi madre me permite ver, a la vez, el escenario de posibilidades infinitas que se abren ante mis ojos. Esto entraña: aceptación plena y transformación creativa”.

El conflicto surge cuando nos resistimos a adentrarnos en nuestro vacío, porque aceptarlo es tanto como aceptar que en el pasado hubo algo que no nos dieron y eso puede resultar muy conflictivo. Así que nos defendemos del desamparo y de la angustia, negando nuestras carencias con apegos y compulsiones.

La experiencia de Martín permitió que el grupo se adentrara en su propia intimidad cuestionándose el deseo oculto que movía sus acciones:

“Estuve años padeciendo esta terrible discapacidad. Mis preocupaciones se reducían a buscar el doctor adecuado para realizarme una nueva operación que por fin me permitiera hacer mi vida con normalidad. Hoy prácticamente me han dado de alta, y pensé que el día que eso ocurriera conocería la felicidad absoluta y sin embargo, no ha sido así. Con todo lo que escucho hoy me doy cuenta de cómo mi enfermedad se volvió el distractor perfecto para no ver lo que a la vez, necesitaba atender. Hoy sé que deseo liberarme del rencor y la envida que me ha provocado ver que otros han hecho su vida con normalidad, mientras que yo, he cargado con lo que para mí ha significado una maldición”.

“Por más logros y reconocimientos que obtengo no me siento satisfecho. Hoy con todo lo que escucho, puedo saber que el único reconocimiento que siempre deseé fue el de mi padre. Aceptar mi tristeza y mi enojo me hacen contactar con mi vacío, pero a la vez me hacen transformarlo en agradecimiento, porque por estar mirando lo que no tengo dejé de ver lo que la vida me ha dado a manos llenas”.

“¿No sé si regresar con mi libertad?…¿libertad? No, lo que quise decir es que no sé si regresar con mi expareja. Pero si me detengo un poco a escuchar lo que acabo de decir puedo también escuchar lo que verdaderamente deseo”.

El espejo de la técnica grupal

El trabajo de consultoría individual o grupal, radica precisamente en eso, en que cada participante pueda ir descubriendo sus genuinos y auténticos deseos. Pero que además pueda identificar aquellas defensas que lo han distraído de contactar con su vacío. Cada quien va descubriendo que para poder atender nuestras heridas, lo primero que tiene que ocurrir es que estemos dispuestos a sentirlas. Sólo así podremos responder a la pregunta de ¿quién soy? y ¿qué quiero?

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Somos seres deseantes, de tal manera, que la experiencia de Martín nos hace descubrir que el desconocimiento de saber lo que deseamos trae como consecuencia una continua insatisfacción. Pero a la vez, resulta liberador aceptar que el deseo siempre va a existir en nosotros porque es el motor de nuestra voluntad. Por lo tanto, dirijamos nuestra energía en función de la plenitud a través del adecuado conocimiento de nosotros mismos y no a la ignorancia de uno, que únicamente terminará por arrastrarnos a una constante insatisfacción.

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¿Cómo podemos aprender a desear lo que ya tenemos? ¿De qué manera el tomar conciencia de mis carencias me hace contactar en el otro extremo con la abundancia? ¿Cómo el agradecimiento juega un papel fundamental en la mecánica del deseo y la voluntad?

Referencias bibliográficas

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Cuando nuestra historia nos golpea

Ernesto, un hombre de 63 años, justo antes de entrar a nuestra reunión semanal recibió la llamada de su pareja. Después de un rato de hablar con ella, se integró al encuentro: “Perdón por el retraso, no hay novedades, ¡claro que volvimos a discutir, pero esta vez le dije que hasta aquí llegamos! Otra vez insiste en que lleva horas buscándome y que yo no le contesto sus mensajes”.

Esto era algo que Ernesto hacía con frecuencia, ignorar las llamadas de su pareja porque le molestaba sentirse vigilado. De la misma manera, dejaba de escuchar lo que el grupo tenía que decirle en algunos encuentros y se defendía de cualquier intervención por atinada que fuera. Para los participantes, su discurso, se había convertido en una melodía muy predecible: “¡no… no lo veo así, no le encuentro sentido!”.

Durante su infancia Ernesto sufrió de violencia física. Su madre, una mujer agresiva, lo amedrentaba con un cinturón, había momentos en que perdía los estribos y las golpizas llegaban a causarle daños importantes en el cuerpo. La última que recuerda, le dejó lesiones en la mano derecha. Hoy, cada vez que ve sus cicatrices evoca haber sido: “un niño mal portado”. Su padre viajaba mucho y casi no estaba en casa. Sin embargo, en repetidas ocasiones mostró su desaprobación por el tipo de educación tan rígida que su esposa ejercía, aunque tampoco hizo nada determinante para frenar sus abusos.

Los niños necesitan sentirse protegidos y seguros con sus padres o figuras de amor representativas, pero cuando esto no ocurre, se crece con mucha incertidumbre. La incapacidad que se tuvo para establecer una base confiable provoca, entre muchas otras cosas, una limitante para establecer vínculos cercanos.

El maltrato surge, en la mayoría de las veces, ante la incapacidad de los padres para establecer límites y poderlos trasmitir de forma efectiva. Frente a la desesperación de sentirse ignorados por sus hijos, como seguramente es parte de su historia, recurren a actos violentos con tal de hacerse notar por ellos. Encuentran en la brutalidad una manera de educar y de corregir lo que su discapacidad emocional no les ha permitido permear de otra manera. Dejan marcas que les recuerden a sus hijos que existen en sus vidas y, que por lo tanto, les deben sumisión.

La angustia que sufre quien es maltratado no únicamente obedece a los actos coléricos en su contra, también aparece a consecuencia de la culpabilidad que le provoca sentir que no fue lo suficientemente “bueno” para ser amado por sus padres, por el contrario, interpreta que lo que provoca es furia y violencia.

Ernesto habló en la sesión del problema que tuvo con su pareja, pero también dijo, que lo que realmente lo tenía molesto era la actitud de su jefa. Recientemente ella le había pedido un reporte que mostrara el presupuesto con el que contaban para invertir en un proyecto. En ese momento, él consideró atender otras prioridades, eludiendo que aquello que le solicitaba su jefa era de carácter delicado. Su descuido lo retrasó y finalmente realizó el reporte con prisas cometiendo varias omisiones. Hoy por la tarde presentó el documento ante una comitiva, misma que se molestó al ver los errores que incluía. Ernesto se sintió incómodo, intentó defender lo indefendible, pero lo que más le dolió fue que su jefa no lo haya protegido. Ella le pidió que saliera de la sala, y ya en el pasillo le mostró su disgusto, pero también, le regaló 24 horas para corregir la presentación.

Nos confesó que aunque él supo siempre que el reporte que entregó era deficiente, aun así, pensó en mostrarlo, asumiendo que podía justificar su negligencia. Le quedaban ya pocas horas para avanzar en sus correcciones, pero el enojo y la frustración no lo dejaban concentrarse.

El grupo no comprendía la razón de su conducta. Por un lado, les pareció confuso que se hubiera expuesto de esa manera, cuando él sabía, que ese trabajo estaba mal hecho, pero por el otro lado, tampoco se explicaban el por qué aún no había puesto manos a la obra en el remedio.

Ernesto repetía sin darse cuenta los mismos patrones adquiridos en su infancia: él se colocaba, una y otra vez, de forma involuntaria, en el lugar de los cinturonazos. Es decir, sin que él pudiera evitarlo, agredía a otros, con su indiferencia, con su rechazo o con su falta de compromiso, para entonces provocar de vuelta el maltrato que en el pasado lo marcó. Es como si Ernesto se hubiera “comido” una parte de la agresión que tanto lo amenazaba para sentirse parte de ella y no verla como un agente externo que lo amenazaba. Así que por un lado actuaba esa agresión de forma pasiva, pero por el otro lado, también se encargaba de que el mundo lo azotara. Esto quiere decir, que cuando nuestro Yo se percibe rodeado de un mundo sumamente cruel, en lugar de enfrentarse a la hostilidad, mejor opta por integrarla a sí mismo: si no puedes con el enemigo, únetele.

Pero, ¿de dónde surgía la necesidad casi sádica y masoquista de seguir repitiendo aquello que tanto lo lastimó en su pasado?

Cuando quien se supone debería de habernos amado, nuestra madre, en lugar de eso nos golpeó, provoca una contradicción interna que atrapa nuestra vida. Más adelante, resulta difícil saber: “¿qué es el amor?, ¿cómo se siente?, ¿por qué hay momentos en que encuentro en el maltrato un goce silencioso?, ¿son los golpes la confirmación de quien me ama?”.

Ernesto traía a valor presente, lo que había ocurrido en su pasado, ligaba, sin percatarse, la cara de quien lo golpeaba con la cara de quien hoy lo miraba con cariño, pero para él, era difícil distinguir una versión de la otra. Recibir afecto es algo que se aprende, pero cuando en la vida no nos lo enseñaron, cuando aparece lo atacamos, como atacaríamos cualquier fenómeno desconocido para nosotros.

Al entregar un mal trabajo, al evitar ser encontrado por su pareja, así como su negativa de escuchar al grupo, era la forma en la que él convertía el cariño en golpes para sí mismo identificándose con su papel del “niño mal portado”. Para él era muy difícil darse cuenta de que lo que todos buscaban, contrario a su madre, era cuidarlo y protegerlo.

El grupo lo pudo advertir y colocaron frente a sus ojos los espejos suficientes que lo hicieran descubrir la incapacidad que tenía para ponerse a salvo y recibir el cariño bien intencionado, en cambio parecía que buscaba el maltrato.

El haber vivido una experiencia tan fuerte como lo es el abuso físico en la niñez, genera un patrón intenso de repetición. Es una manera de elaborar lo ocurrido sin tener que enfrentarse de manera consciente a ello. Repetir es una defensa contra las emociones que nos vivimos incapacitados para tolerar. Estos traumas, que en Semiología de la Vida Cotidiana llamamos nudos de significación, generan etiquetas de las cuales nos resulta difícil desprendernos. Sin advertirlo, las buscamos y nos colocamos en situaciones de peligro que nos hagan sentir un extraño tipo de amor. O quizá, la sensación de que esta vez sí tenemos la opción de defendernos.

La experiencia de Ernesto tomó forma en la cámara del espejo grupal. Los participantes pudieron percatarse de cómo se golpeaban a sí mismos, al traer al aquí y al ahora, lo que no habían tolerado del allá y el entonces. Así fue lo que compartieron:

“Me doy cuenta de que al no respetar el secreto que mi hija me confió, le estoy siendo infiel, de una manea equivalente a como mi padre le fue infiel a mi madre con otra mujer”. “Cuando veo a mi esposo incapacitado para digerir nuestras discusiones, me desespera, no tolero que quiera seguir dándole vueltas al asunto. Entonces provoco que me retire el habla, y me siento igual de agredida que cuando mi padre me gritaba”.

“Perdóname, sé que lo que te dije te lo pude haber dicho de otra manera, ahora que me lo hicieron ver, me descubrí tan soberbia como mi madre”.

El espejo de la técnica grupal

Uno de los objetivos de la dinámica de Teatros Mentales es que los integrantes del grupo puedan observar en qué posición se colocan una y otra vez, deseando inconscientemente resolver sus cuentas pendientes. Descubren los beneficios de ir de la mente a la acción, para después regresar a la palabra. Participar o ver la escena les permite expresar lo que el otro les provoca: coraje, aburrimiento, desconfianza, molestia, la necesidad de rescatar, desesperación, frustración, o cualquier emoción que se despierte. Aprendemos que al comunicarlo dejamos de actuarlo y aunque podemos no estar de acuerdo con el otro, tenemos el derecho a expresar cómo nos sentimos, ya que para eso está el grupo.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

La experiencia de Ernesto, si bien es estremecedora, no es ajena a ninguno de nosotros. La compulsión a repetir nuestra historia nos sacude sin que muchas veces podamos hacer algo al respecto. Hacernos consciente de ello nos permite darnos cuenta de que en ocasiones podemos reaccionar frente alguna persona de la manera en que reaccionaríamos frente a nuestros padres o incluso frente algún hermano, pero que nada tiene que ver con lo que nos ocurre en el presente. Por lo tanto, resulta inútil seguir propiciando lo que hace tiempo quedó atrás.

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¿Una persona que fue maltratada en la infancia tiende a maltratar a otros? ¿Cómo el maltrato en la infancia y un Autoconcepto devaluado podrían estar relacionados? ¿Consideras que la infancia se vuelve determinante en la vida de una persona o existe la posibilidad de reconstruir su significado?

Referencias bibliográficas

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La paranoia y el miedo a la insignificancia

El grupo escuchaba la molestia de Daniela, sabiendo que ella tenía las mejores razones para sentirse así: “La sesión pasada al salir de aquí, mientras subía a mi coche, vi como algunos de ustedes se quedaron hablando de mí en la calle. No puedo decir exactamente de qué, pero estoy segura que les molesta el que yo sea tan callada en los encuentros. No sé por qué la gente siempre habla de mí a mis espaldas, no entiendo por qué no me dicen las cosas de frente. ¡Me molesta la hipocresía y la falta de honestidad!”.

El grupo, al escuchar las palabras de Daniela, supieron que se trataba de un episodio paranoico, una de las tantas ideas que de pronto se apoderaban de su mente y la paralizaban.

Si bien la paranoia puede configurarse como un trastorno de la personalidad, también es cierto que todos, en algún momento de la vida, hemos sufrido a consecuencia de fantasías paranoides.

La paranoia es este sentimiento que se apodera de nosotros cuando sospechamos de lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Sin darnos cuenta comenzamos a malinterpretar lo que estamos percibiendo. Aparecen ideas absurdas u obsesivas, que no tienen ningún fundamento, pero sí la suficiente fuerza para lastimarnos y atormentarnos.

Pero ¿qué es lo que provoca que en una persona se puedan activar estos pensamientos paranoides? Principalmente el miedo a no significar para alguien.

Complementa la lectura con la reflexión final de la Dra. Ruiz de Otero, en audio o video.

Daniela era una mujer que recientemente había cumplido 40 años, vivía sola y siempre expresó la dificultad que tenía para establecer vínculos importantes en su vida: “Siento que ya estoy lista para tener una pareja y formar una familia, pero no sé por qué eso no ocurre. Conozco a alguien, me entusiasmo, y al poco tiempo me decepciona. A veces me pregunto si soy yo, con mi actitud, la que está echando a perder las oportunidades que la vida me ha dado”.

Una de las grandes tragedias de nuestra existencia se origina en la sensación de no ser tomados en cuenta por nadie. El ser humano lo puede soportar casi todo, salvo saberse insignificante en la vida del otro. Estas fantasías paranoides, entre otros motivos, aparecen como una defensa contra la sensación de indiferencia; “prefiero pensar que alguien quiere hacerme daño, a sentir que nadie piensa en mí”. En otras palabras, una persona que se siente poco perteneciente, sola y olvidada, echará mano de estas ideas infundadas para atribuirse un poco de importancia personal. Es decir, parece que para cualquier persona es mucho más fácil lidiar con emociones como el miedo y la desconfianza a tener que enfrentarse a su propia desolación (Grosz, 2014).

Sin embargo, existen también otras explicaciones con respecto a este sentimiento. La paranoia puede ser además una manera de lidiar con el odio; “prefiero pensar que tú quieres hacerme daño a mí, a aceptar que el que quiere dañarte soy yo”. Es una forma de darle la vuelta a nuestro coraje, sin necesariamente tenernos que responsabilizar de nuestros afectos destructivos. Por el contrario, nos colocamos como la víctima y no como el verdugo.

Por otro lado, aquella frase popular: “del odio al amor solo hay un paso”, relata por sí misma otra de las razones por las que aparecen nuestras fantasías paranoides. El odio en pareja es aquel sentimiento que surge cuando queremos destruir y controlar a nuestro persecutor, que en realidad queremos amar, pero no podemos; “por eso prefiero pensar que te odio y tú me odias, a tener que aceptar mis deseos amatorios por ti”.

Pero cuando este sentimiento se convierte en un acto recurrente, el paranoide se las arreglará muy bien para hacer realidad sus más temidas fantasías, y de esa manera justificar su manera de vivir.

“Yo no sé por qué las personas me rechazan. A veces me pregunto si mi vida estará destinada al fracaso y a la soledad”. Esta frase se había convertido, literalmente, en la tarjeta de presentación de Daniela. Lo dijera o no, eso es lo que ella proyectaba con su actitud, su hermetismo se había convertido en un arma para controlar la distancia de quien intentara acercarse. Era su manera de hacerse notar por los otros, pero sin necesariamente ser mirada por nadie.

Si de pronto alguien hacía esfuerzos por vencer esa barrera, Daniela insistía, sin darse cuenta, en provocarlos. La sesión pasada hubo quien genuinamente se interesó en ella, pero fue tanta la cercanía, que se asustó, así que su manera de colocarlos nuevamente atrás de la raya fue tachándolos de hipócritas y deshonestos. Así funciona la mente del paranoico, necesita demostrarse a sí mismo que su tesis ha sido comprobada; “¡yo no alucino, es real, la gente me quiere hacer daño!”.

Todas las preguntas que siempre nos hemos hecho en relación a nosotros tienen respuesta en el grupo. Así que hoy fue uno de esos días en los que Daniela, por fin, estuvo dispuesta a recibir lo que este espacio tenía que ofrecerle: “No me había dado cuenta de lo que provoco en los demás con mi distancia. Escuchar lo que ustedes, sinceramente, piensan de mí es un regalo. Toda la vida me he hecho daño con estas ideas paranoicas, pero además, como bien dicen, encargándome de que finalmente se hagan realidad. El precio que he pagado por convencerme de que la mente del otro ha sido ocupada por mí, es muy alto. La realidad es que me siento muy sola, así que prefería pensar que me querían lastimar, a imaginarme que yo podía serles insignificante”.

Las fantasías de Daniela permitieron que el grupo se adentrara en sus propias ideas paranoides, hacia todo aquello que su mente ha fabricado para impedir sentirse olvidados:

“Siempre he pensado que mi exesposo me odia y que lo único que busca es hacerme daño. Eso por supuesto que me hace odiarlo de vuelta. Pero hoy que reflexiono sobre cómo del odio al amor sólo hay un paso, me doy cuenta del gran coraje que me provoca que lo nuestro haya terminado. Qué difícil es aceptar que todavía lo amo, y que verlo haciendo su vida con otra mujer, me parte el alma. Es momento para adentrarme en el duelo que había querido posponer. Tengo que parar con estas ideas paranoicas que en el fondo me hacían sentir que yo todavía era importante para él”.

“Últimamente, por las noches escucho ruidos, primero pensé que podía ser un animal, pero después sentí que había alguien que me observaba en algún lugar escondido y que estaba buscando la noche perfecta para atacarme. Desde que murió mi esposo siento un enorme vacío. Llegar a mi casa y saber que nadie me espera ha sido muy difícil. Hoy me doy cuenta cómo he preferido vivir aterrada, a tener que enfrentarme al dolor de su ausencia”.

“Juré que mi jefe me odiaba, y ahora que me ofreció una promoción, me quedé sorprendido. Hoy puedo ver que esa sensación de rechazo fue una manera de manejar la envidia que yo siento por él. Para mí era menos amenazante sentir que él me odiaba, a aceptar que soy yo el que no lo tolera. Su generosidad fue una manera de hacerme ver que no tengo nada que temer, porque todo está en mi mente”.

El espejo de la técnica grupal

El grupo permite que cada participante pueda conocer su propio sistema de pensamientos, creencias y valores. Cuando eso ocurre, nos detenemos a reflexionar sobre lo siguiente: ¿esta manera de pensar me ha funcionado?, ¿me ha permitido vincularme a los demás? Y conforme los participantes ensayan diferentes maneras de relacionarse con el grupo, sus respuestas comienzan a cobrar un mayor significado.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

No existe peor lamento que sentir que nada de lo que somos le importa al otro. La experiencia de Daniela nos revela las defensas que hemos tenido que construir para evitar confrontarnos a la indiferencia. Dejemos de jugar a las escondidillas con la vida, porque el placer que da escondernos, pronto se convierte en la tragedia de que nadie nos encuentre (Winnicott, 1963).

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¿Cómo la paranoia y un Autoconcepto devaluado podrían estar relacionados? ¿Consideras que la paranoia y una personalidad rígida están vinculadas? ¿Qué estrategias consideras podrían utilizarse para detener este tipo de pensamiento destructivo?

Referencias bibliográficas

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La codependencia: un extraño juego de poder

“El grito más desesperado de la Huella de Abandono es: «necesito a alguien que me necesite»”. –Dr. Alfonso Ruiz Soto.

El grupo experimentaba una sensación de preocupación y frustración al escuchar las palabras de Andrea: “Ayer cumplí 15 años de matrimonio con mi esposo. Otro pretexto más para que acabara tan alcoholizado como siempre. Me siento desesperada porque el tiempo pasa y no veo que cambie. Dejó de ir a sus reuniones en AA porque me dijo que ya no las necesitaba, que ya había entendido que el alcohol le hacía daño. Ocasionalmente se tomaba una copa de vino, pero sin darme cuenta, otra vez, se me salió de las manos, ¡ya volvió a caer en lo mismo!”.

Andrea, aunque era una mujer de 45 años, profesionalmente exitosa y atractiva, tenía una gran debilidad, la dependencia a la relación con su esposo. A pesar de que llevaba tiempo debatiéndose entre seguir con él o terminar, finalmente pesaba más su necesidad de todo aquello que esta relación le proveía de forma muy extraña.

“Desde que lo conocí tomaba mucho. Sin embargo, no puedo decir que era alcohólico. Los fines de semana eran un reto para él. Después nos casamos, él se cambió de trabajo y ahí empezaron nuestros problemas. Las comidas con sus clientes y sus viajes de negocios hicieron que tomara cada vez más. En algún punto del camino, el alcohol empezó a controlarlo. Y no fue hasta que su jefe habló con él que cayó en la cuenta de su problema, así que por fin escuchó mis súplicas”.

El grupo no entendía porqué Andrea permanecía en esa relación, cuáles eran las razones profundas que la mantenían aguantando esa situación que tanto la perturbaba.

La diferencia entre un apego tóxico y la codependencia es que el primero se establece como un sometimiento emocional que puede ocurrir de forma unilateral o bilateral. Mientras que la codependencia implica estar apegado a alguien, que su vez se encuentra apegado a algo destructivo: alcohol, drogas, actitudes disruptivas, adicción al sexo, al juego, en fin, cualquier cosa que le haga daño o que le provoque daño a los demás.

A lo que aspiramos los seres humanos en nuestros vínculos, idealmente, es a mantener una sana interdependencia, es decir: un vínculo en el que ambas partes disfrutemos de la compañía del otro sabiendo dar y recibir ayuda en el momento en el que se necesita, pero sin exigir ni esperar del otro que asuma nuestras responsabilidades.

Por lo tanto, para comprender el comportamiento de Andrea, también era importante conocer el otro lado de la moneda.

Parte de lo que sostiene la conducta del alcohólico, no es el hecho de tomar, sino la “cruda”. Todos aquellos pensamientos que aparecen después de la embriaguez como: “pero ¿qué hice?, “¡no debí haberme tomado esa última copa!”, “¡hablé de más!”, sumergen a la persona en un enorme sentimiento de culpabilidad. De tal manera que el Imaginario, desde su configuración, decreta que todo error merece una consecuencia. Es así, que el castigo al que se somete el alcohólico es la adicción, por lo tanto, vuelve a tomar, porque es una manera de maltratarse a sí mismo por haberse equivocado. El asunto es que se vuelve un círculo vicioso que se repite a pesar de uno. Sin embargo, hay veces en que el codependiente sin darse cuenta, encuentra una extraña conveniencia en este juego peligroso.

Andrea representaba un papel dual, el cual, regularmente, suele ser encarnado por alguien cercano al adicto y que paradójicamente también promueve que la conducta se sostenga. Había días en que ella se convertía en una franca persecutora al recriminarle su alcoholismo e incluso lo amenazaba con dejarlo. Pero en aquellos momentos en los que lo veía devastado, luchando con su cruda y el sin fin de juicios destructivos en los que podía enfrascarse, aparecía entonces la figura de la rescatadora, que se conmovía y sensibilizaba con lo que le estaba ocurriendo. Esa dicotomía: persecutor / rescatador, es el círculo del codependiente en el que se debate y se desgasta, porque al final no sabe quién ser: el tirano que señala al adicto o el héroe que lo salva de sí mismo. El resultado de este juego es que una persona que no se enfrenta a las consecuencias de sus actos no experimenta la necesidad de recuperarse, al contrario, siempre es más cómodo saber que alguien más lo rescatará. Pero, ¿qué es lo que hacía que Andrea quisiera participar de esta dinámica tan destructiva? Todo apuntaba a un círculo de poder.

Ella siempre comunicó en el grupo de manera abierta el placer que le generaba ser una mujer exitosa. Saber que en su trabajo la necesitaban la hacía sentir enormemente triunfadora: “No tolero a mi jefe, es un tipo engreído y con los peores modos. Sin embargo, sé que me necesita para que las cosas funcionen. La otra vez discutimos muy fuerte, prácticamente acabó manoteando y golpeando la pared. Sin dudarlo, preparé mi renuncia y se la dejé sobre el escritorio. Ayer me buscó, me pidió una disculpa y además me ofreció una mejor posición; no tuve más remedio que aceptar”.

Ese argumento, aunado al contexto de su relación de pareja permitió que el grupo comprendiera el secreto atrás de su comportamiento: Andrea, sin ser consciente de ello, se beneficiaba de esos momentos en que sus allegados se encontraban bajo los efectos de los remordimientos para ejercer su poder. Dicho de otra manera, era una forma extraña de Autoafirmarse, porque daba la impresión de que era ella quien se había vuelto una esclava de las circunstancias, sin embargo, cuando el péndulo tocaba el otro extremo, se convertía en la dueña de la situación.

El codependiente se obsesiona con controlar a los demás a través de varios medios: la manipulación, el coraje, enfermedades psicosomáticas, la agresión pasiva, ataques de pánico, la complacencia, la depresión, cualquier expresión que provoque que el otro se quede a su lado. Sin embargo, termina tan enfermo como su oponente.

Por otro lado, parte de lo que describe al perfil del alcohólico es un Autoconcepto inflado, lo cual vale la pena aclarar que es todo lo contrario a tener una gran autoestima. El Autoconcepto inflado se construye a partir de la inseguridad, por lo tanto entre más inseguro, más inflado. El alcohólico se engaña a sí mismo pensando que es grande y que no necesita de nadie porque en él existe la idea de que uno es capaz de proveerse a sí mismo del bienestar que desea a través del uso del alcohol. Este pensamiento defensivo evita que busquen vincularse con otros, porque están convencidos de que no lo necesitan. Sin embargo, pasado el efecto, el alcohol funciona como un depresor porque el Imaginario y sus juicios se instauran de vuelta con más fuerza que nunca, como un padre encolerizado que ha sido desobedecido por su hijo. Ese valle, era precisamente el que Andrea aprovechaba para voltear las cosas a su favor ya que sólo ella tenía el poder de absolverlo de su equivocación. Entonces ¿quién es la víctima y quién es el victimario?

“Con todo lo que escucho me doy cuenta cómo he normalizado en mi vida el alcoholismo de mi esposo, pero ha sido porque en el fondo me ha convenido no acabar de tajo con esta situación. Sus crudas se convierten en una oportunidad para volcar mi coraje, porque literalmente lo destruyo. Pero después, cuando sé que lo he acorralado entre las culpas, consigo lo que quiero. Sentir que lo tengo en mis manos”.

¿Pero cómo se construye una personalidad codependiente? Por lo general, alguno de sus padres se caracterizó por tener una gran Huella de Abandono y en consecuencia desarrolló, como una de las múltiples formas de defensa, un Autoconcepto inflado.

Vamos por partes: ¿cómo se vinculan la Huella de Abandono con la construcción de un Autoconcepto inflado? Un niño que vive con carencias puede crecer pensando: “Yo no soy importante para nadie”; o por el contrario, aprende a ignorar a los demás, tal cual fue ignorado por sus padres y entonces el pensamiento que gobierna su existencia es: “Yo no necesito de nadie, yo soy más poderoso que todos, así que conmigo me basta y me sobra”. Este último pensamiento es el que caracteriza a aquellas personas con un Autoconcepto inflado, ya que llegan al extremo de creerlo literalmente y pasar por alto la naturaleza interdependiente de la realidad donde todos requerimos siempre de alguien más para subsistir.

Pero además, estos padres, al sentirse “todo poderosos” construyen la fantasía inconsciente de que han dado a luz al Mesías, “al salvador del mundo”, o por lo menos, “al salvador de ellos mismos”. Es decir, tienen la fantasía oculta de que sus hijos “poderosos” serán quienes finalmente los rescatarán de todo lo que han sufrido en la vida.

Esto provoca, que el hijo, de manera inconsciente quiera cumplir con el deseo de alguno de sus padres y entonces se convierta en un “experto” en la tarea de rescatar para entonces sentirse amado por ellos. En otras palabras, estos hijos se convierten en un objeto gratificante para sus padres. Aunque la realidad, es que los hijos no tienen porqué venir a sustituir las carencias de sus padres. En el caso de Andrea se explica de la siguiente manera:

“Fui la más pequeña de cuatro hermanos. No recuerdo a mi papá, murió cuando yo tenía un año. Mi hermano mayor tuvo un problema serio de adicciones y la tercera tuvo muerte de cuna. Esto provocó que mi mamá estuviera volcada en sobrellevar sus dolencias, así que el tiempo que me dedicaba era muy poco. Yo crecí aprendiendo a ser “la niña buena” a no dar lata, no quería ser otro problema más para mi mamá. Ella siempre me decía que yo era su refugio”.

Andrea creció pensando que su mamá la amaba porque ella la “rescataba” de todo el sufrimiento que había vivido, en consecuencia, ese es el papel que le acomodó y que busca repetir en su vida: tener a quién rescatar.

La codependencia y la experiencia de un Yo débil se encuentran íntimamente relacionados. Por lo tanto, para lograr romper con estos círculos tóxicos se requiere de un Yo fuerte que no necesite alimentarse de estas dinámicas que consumen lo poco que queda de uno. Pero ¿cómo lograr esta compleja tarea? El adecuado conocimiento de nosotros mismos es una de las herramientas más eficaces con las que contamos para lograr robustecer nuestro Yo. Para que una persona pueda extinguir una conducta destructiva, primero necesita comprenderla.

Andrea, al hablar de su experiencia pudo comprender muchas cosas, las suficientes para saber que para compartir su vida, primero necesitaba ser capaz de satisfacer sus propias necesidades, de otra manera lo que obtendría no es un vínculo de amor, sino un lazo de codependencia. Pero además, su testimonio permitió que el grupo desdoblara asociaciones en torno a sus propias historias:

“Cuando mi papá dejó de tomar me di cuenta que no lo conocía, eso hizo que me alejara de él, que lo rechazara. Hoy comprendo que su recuperación me dio miedo y nos dio miedo a todos. Antes nuestra vida giraba en torno a su adicción: discutíamos por eso, vivíamos momentos de preocupación, buscábamos soluciones, todo alrededor de su enfermedad. Esta dinámica codependiente en donde él necesitaba del alcohol y nosotros de su enfermedad, nos tuvo muchos años sometidos. Ahora que el problema ya no es él, descubro que lo que nos aterra es voltear a ver nuestras propias problemáticas. Su alcoholismo sirvió de “pretexto” para que los demás negáramos lo que nos ocurría, pero ahora que ya no hay razones para desviarnos en ello, es momento de romper con este vicio para enfrentar con fuerza, lo que existe dentro de nosotros”.

“Yo sabía que ella me engañaba con otros, que tenía múltiples relaciones y que no podía vivir sin sexo. Sin embargo, la justificaba. A veces pensaba que tal vez yo no era lo suficientemente simpático o experimentado en la cama y que por eso ella tenía la necesidad de compensar mis carencias con otros. Que ella finalmente regresara conmigo me hacía sentir valorado. Ese momento de falsa autoafirmación es lo que me mantenía a su lado. Hoy puedo ver con claridad la codependencia en la que me encontraba sometido. Era tanta mi necesidad de ella que yo me culpaba por sus acciones. Darme cuenta de eso me ha liberado por completo”.

“Ahora veo cómo la sobreprotección es una manifestación de la codependencia. Ver a mi hijo sufriendo el síndrome de abstinencia cuando lo internamos por su adicción a las drogas, me hacía sentir miserable. Temblaba, sudaba frío y sobre todo, me gritaba cuánto me odiaba. En ese momento de tremenda culpabilidad lo saqué de la clínica y me lo llevé a mi casa. Hoy me arrepiento porque me doy cuenta del daño que le estoy haciendo. Yo sentía que al rescatarlo de ese lugar me volvería a amar, pero dejé de ver por él y solo pensé en mí. Ahora que he recuperado la fuerza necesaria puedo comprender que por su bien necesito permitirle vivir el infierno que él solo se ha construido, de otra manera su recuperación será imposible”.

El espejo de la técnica grupal

Muchas veces creemos que sabemos con claridad qué es lo que nos ocurre, y aunque voluntariamente hacemos esfuerzos por cambiar, de pronto hay pensamientos que se instauran y toman más fuerza, incluso, que nuestro propio deseo de transformación. Por lo tanto, el grupo permite que la persona pueda descubrir la fortaleza de su Yo y darse cuenta que en él habita la fuerza suficiente para imponerse frente a lo que lo somete. El simple hecho de aparecer, sesión tras sesión, a investigar qué es aquello que gobierna su conducta, habla de la determinación interna que permite que la persona avance en su proceso, hasta experimentar la plenitud.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Tener la capacidad de pedir ayuda y saberla recibir es absolutamente natural, pero cuando una persona necesita sentirse necesitada por alguien más y además hace cualquier cosa para lograrlo, entonces estamos hablando de una conducta profundamente tóxica. Tal vez la experiencia de Andrea nos lleve a comprender que solo cuando muere la esclavitud en la codependencia, nace el genuino amor maduro: la interdependencia.

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¿Es la codependencia cuestión de voluntad? ¿Cómo aprender a recibir la ayuda de otros sin generar codependencias? ¿Cómo podríamos liberarnos de la codependencia sin caer en la indiferencia?

Referencias bibliográficas

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La confesión de Fernanda fue algo que el grupo nunca pensó escuchar: “Ustedes han sido testigos de lo mucho que deseé ser mamá, tanto tiempo intentando quedar embarazada sin poder lograrlo y de pronto sucedió. Es duro decirlo, pero estos siete meses, desde que nació la niña, han sido los días más tristes de mi vida. ¡No puedo más! Nunca me imaginé que esto era la maternidad, suena horrible, pero de ninguna manera puedo sentir que amo a mi hija. Cada vez que la miro me da la sensación de que no me necesita y entonces me recrimino por haberla tenido. ¡Descubrirme en un callejón sin salida me tiene desesperada!, no sé cómo lograré vivir mi vida así”.

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La negación: seducción por la inconsciencia

Mercedes prefería observar y escuchar al grupo antes que exponerse a sí misma, pero esta vez su necesidad de hablar fue más fuerte: “Estoy confundida. Llevo ya meses sintiéndome mal, de pronto me vinieron unos dolores muy fuertes en el vientre y pensé que podía ser colitis. La semana pasada fui al doctor y me pidió unos análisis. Ayer me los entregaron y resulta que tengo una infección genital que, según el médico, solo puede trasmitirse por vía sexual. Hablé con mi esposo, porque eso quiere decir que él es el único que pudo haberme infectado. Le pareció de lo más extraño y me aseguró que él no tiene ningún síntoma; ya no supe ni qué pensar. ¿Será que el doctor se equivocó?, ¿habrá otras maneras en las que me pude haber contagiado?”.

Desde hacía un tiempo que el grupo intentaba confrontar a Mercedes con una realidad que les parecía evidente, que su esposo le era infiel. Aunque por supuesto, no era algo que podían asegurar. Sin embargo, había algo en ella que impedía que pudiera explorar esta posibilidad. Su actitud indicaba que prefería mantenerse en la inconsciencia total de sus verdaderas circunstancias.

Cuando nos sentimos amenazados por nuestra realidad externa o interna aparece la angustia, por lo tanto, la mente busca defenderse de esta sensación disruptiva, echando mano de mecanismos psicológicos que le devuelvan al sistema un poco de tranquilidad. La negación es una de estas herramientas, la cual consiste en omitir una parte de la realidad, es decir, la fragmentamos y elegimos las porciones que nos resultan menos tormentosas. Es importante saber que todos hemos negado situaciones dolorosas en algún momento de nuestra vida, pero cuando una persona constantemente utiliza la negación como medio de defensa, entonces es probable que no confíe en sus propios recursos internos, ya que teme, que al enfrentarse a sus circunstancias de vida no tenga la capacidad para reponerse de vuelta. Esta defensa suele asociarse a personas que tienen una propensión a la depresión, así evitan ser afectadas por un mundo que perciben hostil: ojos que no ven, corazón que no siente.

“Quizá debería de pedir una segunda opinión, aunque ya sé que el diagnóstico no fue una mera percepción, los análisis lo dicen con claridad… aunque tal vez existe la posibilidad de que hayan confundido mis resultados con los de alguna otra paciente. No sé, ¡alguna explicación debe de existir!”.

El grupo se vio en la necesidad de explorar la vida de Mercedes para tratar de encontrar alguna pista que les ayudara a comprender el por qué se negaba a ver algo que para ellos resultaba tan obvio.

Ella supo desde muy niña de las infidelidades de su padre, pero también vio en su madre una mujer que prefirió no ver lo que ocurría. Decidió pagar el precio de la inconsciencia, con tal de no enfrentarse a la destrucción de su familia. Sin embargo, su acción también había traído consecuencias; con el tiempo su madre fue desarrollando una gran habilidad para victimizarse frente a la gente, de esta manera evitaba ser juzgada por su pasividad o ceguera. Tal parece que Mercedes se las arreglaba muy bien para hacer lo mismo en el grupo, por momentos buscaba ser vista como una niña indefensa y desprotegida para entonces escaparse de ser confrontada con una realidad que la torturaba.

La identificación que Mercedes tenía con su madre era evidente, pero también dejaba ver una especie de lealtad inconsciente. Es como si al darse permiso de mirar la infidelidad de su esposo traicionara a su madre, porque se permitiría vivir un destino diferente al que ella eligió. Que Mercedes pudiera traer a la conciencia esta información logró que la negación, poco a poco, fuera cediendo:

“Me parece muy duro pensar que mi esposo me esté siendo infiel, pero me resulta imposible imaginar que ni siquiera hubiera cuidado con quién se metía. ¿Con qué clase de hombre estoy casada? Acostarse con otras, infectarse de un bicho raro y además contagiarme, ¡es igual a haberme apuntado a la cabeza con una pistola y jugar a ver si una bala me mataba!”.

Las defensas tienen una función primordial: protegernos de una emoción que aún no estamos listos para procesar; así que cuando éstas se activan necesitamos dejarlas que hagan su función, romper con ellas de forma abrupta puede resultar arriesgado, sobre todo cuando uno ha crecido aprendiendo a vivir así. La conciencia de Mercedes seguía su tiempo interno, pero en esta sesión las cosas habían tomado un rumbo diferente, dejar de negar se había convertido en cuestión de vida o muerte para ella:

“Tienen razón, por mucho tiempo he querido evitar ver algo que lleva tiempo siendo una realidad. No podía permitirme aceptar la verdad, el miedo de que mi mundo se venga abajo, perder a mi familia y a mi esposo, me han hecho cegarme. Hoy estoy pagando las consecuencias de mi inconsciencia, la bala pasó cerca y no me mató, pero si sigo así, mañana puede ser catastrófico. No necesito más información, el mensaje es claro: ¡por supuesto que me está engañando!”.

Mercedes había negado que su esposo mantenía una aventura para evitar perder el control de su vida. Lo más fácil para todos siempre es repetir, movernos a la reparación implica aprender a vivir una vida diferente. El que Mercedes finalmente pudiera enfrentarse a su realidad, fue la pieza que permitió que el grupo también pudiera quitarse la venda de los ojos. La atención dejó de centrarse en la problemática de Mercedes y voltearon a mirar la suya:

“A mi hija no le gusta quedarse en casa de mis compadres. Cada vez que nos vamos de viaje me dice que prefiere no ir, que por favor no la obligue, que mejor la deje con alguna amiga. Siempre me pareció que sus palabras eran un capricho y que más bien buscaba llamar la atención. ¡Me parece horrible lo que me estoy imaginando en este momento! He preferido no creer en sus palabras antes de pensar que le pudieran estar haciendo daño. ¡Quitarme la venda de los ojos me está haciendo reaccionar! Aunque me muero de la angustia, es necesario que haga algo para proteger a mi niña”.

“No he querido dejar el cigarro, sin embargo, sé que tengo muy mal las arterias y el doctor me ha dicho que si quiero prolongar mis años de vida es urgente que cuide mis hábitos de salud. Mis hijos han insistido en el asunto del cigarro, pero yo les he dicho que nada tiene que ver, mi mamá no fumaba y de todos modos murió de hipertensión, así que con eso me defiendo una y otra vez. Pero ¿a quién quiero engañar? Me da miedo intentarlo y no lograrlo, soy adicto a esta porquería. Pensar en que me estoy matando me angustia mucho, veo que recurro a la negación para no exponerme a la sensación de fracaso y darme cuenta que efectivamente sea más mi adicción que el amor a mí mismo. Por eso he preferido pensar que estoy bien y que no pasa nada. Aceptarlo aquí con ustedes puede significar el principio de mi cambio. Necesito confiar en mi voluntad para lograrlo”.

“Mi hijo tiene una seria dificultad para socializar con otros niños, pero la verdad es que siempre se lo atribuí a la escuela y a lo poco que hacían para ayudarlo en esta área. Mi hermana me insistía en que lo llevara a una valoración psicológica y la verdad es que yo sentía que era su envidia porque ella tiene un hijo enfermo. Tal vez no he querido ver que lo de mi hijo es algo más serio que un asunto social; sus niveles de irritabilidad, su obsesión por las rutinas, el que no pueda tener contacto visual con él, en fin, tantas cosas que pudieran ser parte de lo mismo… me muero de miedo y ese miedo me ha paralizado. Es necesario que lo deje de negar, que acepte que hay algo que no está bien con él. Si quiero ayudarlo tengo que enfrentarme a lo que venga, de otra manera el único perjudicado es él. Mi hijo se merece una madre que lo ayude a salir adelante”.

El espejo de la técnica grupal

En el grupo la negación se manifiesta cuando los participantes insisten en ocupar el tiempo de sesión para revisar la problemática de alguien en particular. Utilizan al otro como cabeza de turco, liberándose de la responsabilidad de tener que mirar sus propias conflictivas al concentrarse en, el que ellos consideran es, “el más necesitado del grupo”; minimizan sus problemáticas por evitar enfrentarse a su propio sufrimiento.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Tal vez la experiencia de Mercedes te permita descubrir las estrategias psicológicas a las cuales recurres para evitar la angustia. La negación es el proceso a través del cual interrumpimos, momentáneamente, nuestro sufrimiento. Es posible que la primera vez funcione, pero cuando insistimos en taparnos los ojos de forma repetitiva es necesario detenernos a reflexionar: ¿qué es aquello que me resisto a ver? La invitación es a resignificar la angustia, dejar de verla como una enemiga, y aceptarla como una aliada que nos avisa que es momento de cambiar.

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¿Consideras que la negación y la dificultad para responsabilizarnos de nuestra conducta pudieran estar relacionadas? ¿Qué estilos de negación consideras los más comunes? ¿Cómo la negación y el control pudieran estar vinculados?

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

Referencias bibliográficas

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La pérdida: una oportunidad para reinventarnos


A medida que Carmen hablaba el grupo se acercaba a ella: “Todos los días cuando me baño espero a que el vapor empañe el vidrio para escribir su nombre. Esos instantes en que veo la puerta de mi regadera con la palabra Tomás me hacen sentir que él está vivo y que me grita ‘mamá’. Pero cuando el vapor desvanece lo escrito, vuelvo a revivir la pérdida, simplemente observo cómo va desapareciendo su nombre frente a mí y el dolor crece nuevamente. Ya hace tiempo que mi pequeño Tomás se fue y todavía no sé de dónde he sacado las fuerzas para seguir adelante”.

Carmen, una mujer de 42 años, había perdido a su hijo pequeño un año atrás a consecuencia de un accidente automovilístico en el que ella, su esposo y sus otros dos hijos habían salido ilesos físicamente. “El destino de Tomás fue diferente, el impacto del golpe en su frágil cuerpo de cuatro añitos, hizo que muriera de forma instantánea. Ese día marcó la vida de todos los que lo amábamos, pero la mía, jamás volvió a ser la misma”.

Cualquier tipo de pérdida trae consigo la necesidad de elaborar un duelo, lo que entraña un período de adaptación emocional tras haber ocurrido el evento. Pero lo que determina las características del duelo que se instaura, es la importancia y la intensidad del vínculo que consideramos existía con aquello que se perdió. Todas nuestras relaciones tienen un significado, por eso, cuando perdemos a alguien en realidad lo que perdemos es el significado que ese otro tenía para nosotros. Pero si la tristeza llega a ser tan profunda que incluso toma las formas de la melancolía clínica, estamos hablando de que en realidad no se perdió al otro, sino que fue mi Yo el que se desintegró. Cuando eso ocurre resulta fundamental reflexionar sobre el significado que tenía para uno aquello que terminó, de otra forma, corremos el riesgo de que se instaure un duelo patológico.

“Tomás era mi refugio, de mis hijos fue al que más disfruté, tal vez por ser el pequeño. Todas las noches me pedía que lo acompañara a su cama y le gustaba que le contara cuentos donde él era el personaje principal alrededor del cual giraban las aventuras que yo le relataba. No me importaba exigirle demasiado, y eso hacía que yo también me relajara; hoy veo que éramos inseparables. Su partida me ha llenado de coraje, de tristeza y de dolor. Hay días en los que siento que voy a enloquecer, y aunque ese sentimiento se ha aminorado con el paso del tiempo, por momentos no me siento yo misma”.

Cuando la vida nos golpea, sin darnos cuenta quedamos atrapados en medio de un cúmulo de pensamientos que se activan alrededor de la herida y que llegan a ser tan incisivos como la misma ausencia. Tal era el caso de Carmen, sufría más porque las consecuencias psicológicas que habían quedado tras la partida de Tomás provocaban que el dolor se intensificara. La culpa por haber sobrevivido, la ambivalencia de debatirse entre su deseo de vivir o morir y la vergüenza que experimentaba al sentirse incapaz de atender a sus otros dos hijos, se habían convertido en el eje alrededor del cual giraba su tormento.

“Se ha vuelto una obsesión para mi repasar el día del accidente, pero hoy que lo verbalizo aquí con ustedes me doy cuenta que las cosas no podían haber sido diferentes. No había nada que yo hubiera podido hacer para evitar las consecuencias, tendría que haber sido adivina para anticipar que de pronto ese coche que venía en el carril contrario se saldría de control. Hoy sé que soy un ser humano al igual que todos, y que en realidad no tengo tanto poder para hacer que las cosas sucedan o dejen de suceder. ¡Es necesario que supere ya el pensamiento irracional de que yo pude haber evitado esta tragedia!”.

Las manifestaciones del duelo van a variar dependiendo de cada persona. Todos, de una u otra manera, contamos con recursos internos que nos van a impulsar a vivir, pero son recursos que se van a fortalecer o a debilitar dependiendo de nuestra historia de vida. Si crecimos alimentados de contención, lo más probable es que frente a la adversidad encontremos la manera de, eventualmente, salir adelante, pero si nuestra historia se caracterizó por el aislamiento afectivo y una repetida tendencia a la depresión, es posible que frente a los golpes de la vida nos sintamos devastados y sin posibilidad de progreso.

Sin embargo, es fundamental saber que independientemente de cuál haya sido nuestra historia todos contamos con la capacidad de crear algo con la pérdida: transformar el dolor en una ganancia significativa. Cuando una persona se enfrenta súbitamente a un montón de sentimiento disruptivos, el sistema pierde su equilibrio natural, por lo tanto, para recuperar la estabilidad emocional es necesario que comprendamos qué es lo que nos ha ocurrido. Pero la comprensión, no es un acto meramente racional, ya que todo pensamiento va acompañado de una emoción, de otra manera, si suprimimos la emoción, lo único que habremos logrado es defendernos del dolor a través de la intelectualización. A medida que vamos comprendiendo, nos vamos sintiendo mejor; y cuando eso ocurre estaremos listos para preguntarnos: ¿qué voy a hacer con esto que me sucedió?, ¿aferrarme al dolor o tratar de aprender a vivir de nuevo a partir de la transformación de mis heridas?

“Decidí regresar al hospital en el que intentaron revivir a Tomás, y al caminar por los pasillos me di cuenta que existe mucho más sufrimiento en las personas del que jamás me imaginé. Ofrecerles consuelo me hizo recordar el poder de un abrazo y lo reparador que puede ser simplemente escuchar. La muerte de Tomás hizo necesario que me acercara a la gente, a veces para escucharla y otras veces para ayudarlas a llorar. En ese momento descubrí que por unos instantes dejé de ser débil para convertirme en una mujer fuerte y desde ahí darme cuenta que era posible aprender a vivir otra vida: la vida después de Tomas”.

Esta comprensión fue crucial para Carmen, porque le permitió reinventarse a partir de sus heridas y reconstruir el sentido de su existencia.

El duelo es un proceso, esto quiere decir que habrá veces en las que experimentemos un franco progreso, pero también habrá fechas importantes, situaciones o contextos que hagan que volvamos a sentirnos atrapados por la tristeza. Darnos permiso de conmovernos de vuelta es imprescindible si queremos evitar lastimarnos por segunda vez con nuestras exigencias personales; saber pedir y recibir ayuda en esos momentos es fundamental si buscamos regresar a nuestro funcionamiento cotidiano.

La metamorfosis de Carmen permitió que el grupo reflexionara sobre cómo la pérdida y el cambio se encuentran profundamente vinculados al compartir epifanías como las siguientes:

“Mi papá se suicidó cuando yo tenía 18 años. Su decisión me hizo vivir muy enojado e inevitablemente me hacía preguntarme si yo no había sido lo suficientemente importante para él, ¿por qué nunca pensó en el daño que me causaría?, ¿acaso eso era lo que deseaba?, ¿verme sufrir? Sin embargo, ahora que reflexiono sobre mi experiencia, descubro que fue precisamente esa herida la que provocó que hoy mi vida tenga un sentido a través de mi vocación. Hace años que dirijo un centro de ayuda para adolescentes en situación de calle; me duele ver que sus historias los han llevado a destruirse. El poder ofrecerles otras condiciones de vida me ha hecho reparar mi sufrimiento, ayudarlos es ayudarme a mí también. Hoy sé que mi papá se quitó la vida por muchas razones que nada tenían que ver conmigo. Sus adicciones y su historia de vida fueron marcando su destino. Muchas veces las cosas ocurren sin que podamos hacer nada para evitarlas, pero reconocer en mí la capacidad que he tenido para hacerle frente a lo irremediable y, además, salir fortalecido de la experiencia, me hace amarme profundamente”.

“Haber tenido un hijo discapacitado fue una de las cosas más dolorosas que me han ocurrido como madre. Pero ser víctima de la discriminación a consecuencia de eso intensificó mi sufrimiento. Es increíble cómo mucha gente no está preparada para lidiar con esta realidad. Ver que me cerraran las puertas en tantas escuelas me pareció inhumano. Eso me llevó a luchar por él, porque todos tenemos derecho a las mismas oportunidades sin importar nuestras condiciones físicas. Hay días en que me pregunto de dónde he sacado las fuerzas para salir adelante y la única explicación que encuentro es que las pérdidas traen consigo un paquete de herramientas que nos robustecen, entre ellas, el perdón. Hoy comprendo que vivir con rencor solo provoca que mi sufrimiento se intensifique, pero comprender que el mundo no es perfecto y que las personas tampoco lo son, me hace liberarme de mis propios prejuicios”.

“El secuestro de mi hijo y sus lamentables consecuencias han sido devastadoras. A veces me pregunto ¿cuál ha sido el verdadero milagro: que él saliera con vida de esta terrible experiencia o que nuestra familia haya permanecido unida a pesar de la tragedia? Es como si de pronto todo lo que teníamos cobró sentido para cada uno de nosotros, porque también hubo días en que sentíamos que todo estaba perdido. La convicción de que era posible que saliéramos adelante me mantuvo con fuerza; es impresionante el poder que tiene nuestra mente para sacarnos adelante, o también para echarnos abajo. Cuando estas cosas ocurren es necesario aferrarnos a algo, necesitamos una muleta que nos permita recuperar las fuerzas que hemos perdido a consecuencia del golpe. Yo me aferré al amor por mi familia, porque ese sentimiento se convirtió en la razón que ha hecho que yo pueda darle continuidad a mi vida”.

El espejo de la técnica grupal

La pérdida es muda, pero no silenciosa. Esto quiere decir que a veces no encontraremos las palabras suficientes para describir lo que sentimos, sin embargo, eso no quiere decir que ésta deje de hacer ruido en nuestra vida y en nuestra forma de vincularnos. De allí la importancia de la rememoración de la pérdida; que la persona sea capaz de poner en palabras aquello que le aconteció porque de otra manera la sensación de vacío crecerá. El grupo se convierte en una gran herramienta para lograr este objetivo, porque para que uno pueda comprender al otro, será necesario encontrar frases, palabras, ideas que faciliten evocar la imagen del evento. Conforme eso ocurre descubrimos que la desolación va cobrando un significado diferente porque nos damos cuenta de que el sol nunca dejó de salir, sino que fui yo quien dejó de mirarlo, pero que es precisamente su luz lo que permitirá la metamorfosis de mi herida.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Carmen, con su experiencia, nos regala una imagen conmovedora de lo que implica enfrentarnos a la pérdida y, con el paso del tiempo, permitirnos renacer tras la adversidad de la vida. Podemos detener nuestra vida tratando de encontrar una explicación de por qué o para qué nos ha ocurrido lo que nos ha pasado, o intentar vivirla preguntándonos y ahora, ¿qué voy a hacer con esto, en qué lo voy a transformar? La comprensión requiere tiempo para asimilar que las pérdidas, por devastadoras que sean, nos regalan siempre la oportunidad de reinventar el sufrimiento del pasado en la plenitud del presente.

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¿Cómo la pérdida y el tiempo podrían estar relacionados? ¿De qué manera la inspiración que otras personas nos provocan desde sus pérdidas puede ayudarnos a superar la adversidad de la vida? ¿Es la resiliencia una capacidad innata o adquirida?

Referencias bibliográficas

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Apegos nocivos que nos vulneran

“El apego es una confusión de identidades que se genera en la Huella de Abandono. ‘Creo que me perteneces y sufro cuando no estás’. Pero es una mera ficción del Imaginario. Nadie le pertenece a nadie más. Cuestiona tus miedos, trasciéndelos y descúbrete”. –Dr. Alfonso Ruiz Soto.

Desde que la vimos entrar al salón, supimos que Norma venía mal: “Llevo días sin dormir, en lo único que puedo pensar es en él. Vivo obsesionada con querer saber qué hace, con quién está y siento que si sigo así me voy a morir. Desde que decidió ponerle fin a lo nuestro me he sentido muy triste. No puedo hacerme a la idea de seguir mi vida sin él… ¡no puedo!”.

Norma tiene 35 años y conoció a Marcelo ­—de su misma edad— hace dos años en una boda. Su atracción fue tan fuerte que ella decidió dejarlo todo por él. Dejó su ciudad, a su familia, a su trabajo y a sus amigos. Dejó todo con tal de que estuvieran juntos. Ella creció en Tampico y él en la Ciudad de México. Desde el momento en que se vieron ya no se separaron. Los primeros meses de su relación se visitaron los fines de semana, hasta que concluyeron que lo mejor sería que ella se mudara a la ciudad; a partir de eso todo cambió.

Las pérdidas que Norma sufrió tras haber dejado su antigua vida, buscó reemplazarlas con lo que él podía ofrecerle. Eso hizo que su Yo se tornara dependiente y totalmente sometido a sus nuevas circunstancias.

Esas pérdidas, aunadas a las carencias que desde hace tiempo la aquejaban, fueron remplazadas por un estilo de “vida artificial”.

Así funcionan los apegos nocivos: para que yo pueda vincularme contigo necesito colocar energía en ti. Por lo tanto, es necesario que la misma energía que yo deposite en ti, sea la misma energía que quede en mí; es decir, el sistema queda equilibrado y cuando eso ocurre estamos hablando de un vínculo funcional que se construye a partir del desapego. Pero cuando para vincularme contigo yo coloco mucha más energía en ti que en mí, entonces mi Yo queda sometido, por lo tanto, si tú te vas, provocarás que una parte de mi Yo haga necrosis, porque me descubro tóxicamente apegada a ti; y fue precisamente eso lo que le ocurrió a Norma.

“Me siento confundida, como si una parte de mí se hubiera muerto con su partida. No encuentro las fuerzas para reponerme de su abandono, porque además sé que ya no volverá”.

Marcelo comenzó a sentirse muy presionado e incluso cansado porque se dio cuenta de que literalmente estaba compensando las carencias de Norma. Ella, ante su incapacidad de responsabilizarse de su Yo, utilizó a Marcelo como un tanque de oxígeno. Norma no soportaba que además de la vida que compartían juntos, él también buscara tener una propia. Su trabajo, sus amigos, sus ratos de ocio, pronto se convirtieron en sus peores enemigos, porque amenazaban la posibilidad de que ella pudiera seguir respirando del aire que él le proveía.

“Sé que lo asfixié, yo nunca quise escuchar lo que me decía: «dame espacio que estoy tratando de existir»; él hace tiempo que estaba harto de mi actitud dominante y posesiva. Hoy veo que actué por miedo, no podía arriesgarme a perderlo. ¡Qué paradójico! Porque fue precisamente eso lo que terminó pasando. Lo más duro es reconocer que además yo lo provoqué, no supe aceptar que él no era de mi propiedad”.

La pérdida de Marcelo hizo que una parte de su Yo quedara terriblemente debilitada; de ahí la sensación que ella experimentaba de haber quedado destrozada. Sin embargo, también había una parte de su Yo que había quedado intacta y a partir de la cual era posible propiciar la regeneración.

Norma descubrió la importancia de liberar a Marcelo, y a cualquier persona, de la responsabilidad de tener que hacerla feliz, porque eso depende solo de ella. Pero para que eso ocurriera necesitaba estar dispuesta a enfrentarse a su propio vacío, de otra manera, en su necesidad de negarlo, seguiría construyendo relaciones enfermizas con las cuales buscaba aliviar su desamparo.

“Pero el vacío ahí está y yo no creo que vaya a desaparecer”, dijo preocupada.

No se trata de que desaparezca, porque lo primero que necesita ocurrir es que lo podamos ver, tolerar, aceptar e incluso que nos detengamos a escuchar lo que nos está diciendo. Porque frente a nuestra incapacidad para observar nuestras carencias, aparece entonces la impulsividad.

“Hoy sé que mi obsesión por él era una forma de evitar ver lo que verdaderamente me lastimaba. Mi padre fue alcohólico y, aunque físicamente ahí estaba, yo viví su abandono emocional. Esto provocó que mi mamá tuviera que hacerse cargo de los gastos de la casa, de modo que la veíamos muy poco. Todo eso me llevó a crecer alimentada de abandono, así que sin darme cuenta eso es lo que busco y además lo que ofrezco. No puedo creer que dejé a los míos, prácticamente los olvidé. Pero por el otro lado, con mis inseguridades, también provoqué que Marcelo se fuera. Ahora veo porque buscaba a alguien grande y fuerte, porque yo me siento frágil y débil”.

“Nada ni nadie me pertenece. Y no le pertenezco a nada ni a nadie: Soy”. –Dr. Alfonso Ruiz Soto.

Que Norma lograra llenar su vacío de significado, permitió que el grupo se enfrentara a la nocividad de sus apegos al elaborar las siguientes epifanías:

“Veo que en mi necesidad de controlar a mis hijos hay miedo a dejarlos ejercer su libertad de acción y decisión. ¿Y si ya no quieren verme ni estar conmigo? Desde que fui madre dejé todo por estar con ellos, pero hoy descubro que también lo hice para llenar mi vacío, quería darles lo que a mí no me dieron. Darles era darme a mí misma lo que mis padres me negaron. Hoy veo que me enfrento al reto de no cobrarles mi infancia, de otra manera, lo único que provocaré es apartarlos de mi lado”.

“Desde que me hicieron la pregunta en este grupo de ¿por qué aguanto lo que aguanto en mi relación de pareja?, no he podido dejar de pensar en la respuesta. Pero con todo lo que dicen en esta sesión creo que la puedo contestar: mi incapacidad para ponerle límites a mi esposa y expresar lo que no me gusta, fue algo que aprendí en mi infancia. Aunque nos acercáramos, como mero “protocolo”, a pedirle algún permiso a mi papá, la que finalmente decidía era mi mamá. Incluso, muchas veces, a sus espaldas, nos levantó castigos que él nos impuso. Hoy veo cómo borré la imagen de mi padre y le di mucho valor a la figura de mi madre y es precisamente eso lo que hago en mi relación, literalmente ¡me borro! Ese “tragarme” las cosas, es el apego que tengo a mi mujer, porque me da miedo que me deje, pero de lo que no me había dado cuenta es que soy yo el que se está abandonando. Necesito enfrentar mis inseguridades si pretendo construir una relación desde el respeto mutuo y no desde la obediencia perfecta”.

“Hace años que mi hermano menor tiene una deuda conmigo. Le presté una fuerte cantidad de dinero y hoy es el día que no termina de pagarme. Esta situación ha hecho que nos distanciemos y que además yo viva muy enojado, me duele su cinismo, pero me duele más su traición. Me doy cuenta que he vivido fuertemente apegado a esto, me he convertido en su “esclavo emocional”, porque le he otorgado demasiado poder sobre mis emociones. Hoy descubro que lo que hizo mi hermano no es personal, es decir, no es contra mí, porque es algo que hace con todos. Le es imposible comprometerse y ser leal a su palabra. Verlo desde ese ángulo me libera y me permite percibir las cosas con desapego. Creo que ahora podré tomar una mejor decisión sobre cómo acercarme a él y tratar de recuperar mi dinero”.

El espejo de la técnica grupal

Una persona que creció con carencias emocionales va a tender a construir apegos tóxicos, si no es capaz de responsabilizarse de ello. Se genera una confusión de identidades donde no se perciben los límites entre uno y otro; ya que el otro se convierte en un paliativo para llenar un vacío emocional, por lo tanto, se construye un vínculo desde la dependencia y la inseguridad. El grupo, al tratarse de un lugar predecible, permite que se resignifique esa conducta, el participante crece en seguridad personal porque aprende que, en algún punto, los demás podrán no estar de acuerdo con su forma de actuar o de pensar, pero eso no significa que lo rechacen, por el contario, su visión siempre enriquecerá la experiencia colectiva.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Puede ser que la experiencia de Norma te permita reflexionar sobre tus propias carencias y la necesidad que has tenido de compensarlas “poseyendo” a otras personas, circunstancias u objetos. Sin embargo, únicamente han funcionado como un sedante para tu Huella de Abandono, pero en realidad no han aliviado tu vacío. ¿Si tu vacío pudiera hablar, qué diría? Es importante que le des voz a tu dolor, porque para atender nuestras heridas primero necesitamos sentirlas, dejemos de ser indiferentes con nuestro propio sufrimiento.

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¿Los apegos nocivos y la edad de una persona podrían estar relacionados? ¿Se puede estar apegado a rituales cotidianos? ¿Los apegos nocivos suelen generar duelos patológicos?

Referencias bibliográficas

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La vergüenza: el origen de la desolación

Isabel esperaba el momento indicado para decirle al grupo lo que le había ocurrido la sesión pasada: “Tengo que confesar que en el último encuentro me fui de aquí sintiéndome muy arrepentida por lo que compartí con ustedes. No puedo creer que me atreví a decir lo que dije. Siempre me repito a mí misma que «calladita me veo más bonita». Sin duda esta vez, hablé de más”.

Algunos participantes suelen salir de la reunión repasando mentalmente todas y cada una de sus intervenciones durante el encuentro. Pero no solo eso, sino que intentan descifrar el impacto que sus comentarios pudieron haber causado en los demás. Les preocupa haber hecho el ridículo, el haberse equivocado, su imagen frente a los otros, el haber dejado mal herido al prójimo, incluso llegan a atormentarse tanto que algunos se cuestionan si deberían regresar o no a enfrentar “sus errores”. Aunque claro, también hay quien suele defenderse pensando que los otros son unos ignorantes que no alcanzaron a comprender el sentido de sus palabras. Aunque en el fondo, todo ello, no es más que la sensación de haber dejado expuesta su vulnerabilidad.

El grupo funciona como una microsociedad, por lo tanto, lo que ocurre en el grupo es lo que nos ocurre a todos fuera de él. ¿Cuántas veces nos descubrimos torturándonos a nosotros mismos al juzgar con vehemencia nuestras acciones, pero más allá de ello, ahogándonos en un vaso de agua porque sentimos que hemos quedado expuestos ante la opinión pública?

Parece que no hay nada más confrontador que atrevernos a hablar en voz alta de nuestras inseguridades, y tal fue el caso de Isabel: “Salí de aquí diciéndome a mí misma que no entendía cuál había sido mi necesidad de compartirles lo que les dije cuando me lo pude haber ahorrado. Ni modo, ya lo hice. Lo dicho, dicho está. Para mí ha sido vergonzoso tener que enfrentar que me casé embarazada, y peor aún, a mis 17 años. Hoy mi hija no lo sabe, pero sé que llegará el momento en que comenzará a cuestionarme y sacar sus propias conclusiones. Vivir con eso me ha destruido por dentro, pero haberlo dicho en voz alta es haberle dado vida al martillo que desde hace años me golpea el pecho”.

Isabel llevaba años siendo víctima de sí misma. La vergüenza que le provocaban sus acciones del pasado usurpaban su presente, haciendo que imaginara un futuro aterrador. Ese día nos compartió muchas cosas, no obstante, la pregunta que el grupo se hacía era: ¿qué es lo que verdaderamente está perturbando a Isabel; habernos compartido su más temido secreto o el haber dejado expuesta su imperfección?

La vergüenza persecutoria, a diferencia de la vergüenza moral, es una de las emociones más experimentadas por los seres humanos. Publicaciones recientes nos hacen saber que este sentimiento es aún más común que la tristeza, el enojo o la alegría. Pero al ser una emoción oculta, con el tiempo va provocando un profundo dejo de desolación: la falta del sentido de pertenencia. En su creciente evolución, se desatan trastornos como la depresión, los ataques de pánico o las compulsiones. Incluso un exceso de vergüenza persecutoria puede acercarnos a la muerte a través del suicidio. En cambio, la vergüenza moral, es aquel sentimiento que nos aleja del cinismo y nos acerca al deseo de querer ser mejores personas.

Aquí me detengo porque creo que vale la pena aclarar la diferencia que existe entre la vergüenza persecutoria y la culpa. Esta última señala que algo en relación a mis acciones ha sido inadecuado, «lo hice mal»; mientras que la primera entraña sentir que yo soy inadecuado, «estoy mal». Por lo tanto, este sentimiento atenta directamente contra nuestro Yo, amenazándolo de forma profunda y destructiva. Además, la vergüenza persecutoria oscila en dos extremos diferentes: por un lado, cuando incide en nuestro Autoconcepto devaluado nos dirá cosas como: «no soy suficiente», pero por el otro lado, cuando se activan partes de nuestro Autoconcepto sobrevaluado, esta emoción se tornará paradójica para decirnos: «cuidado, de dónde sacas que eres grande». Esto sucede porque este sentimiento, ya sea en un extremo o en el otro, se alimenta de juicios, mismos que convergen en un solo punto: “yo soy insignificante”.

A lo largo de mi ejercicio profesional he visto participantes sufrir a consecuencia de la humillación que han sufrido en sus vidas, y todo porque sienten que la imagen que desean proyectar ha sido rechazada. Sin embargo, también los he visto pagarles a otros con la misma moneda, utilizando su energía en levantar el dedo y juzgar severamente a los demás. Sin darnos cuenta, participamos en juegos peligrosos que alimentan la cadena del sufrimiento humano, al convertirnos en las víctimas de algunos y en los persecutores de otros.

“La liberación es no sentirse ya nunca más avergonzado de uno mismo”. –F, Nietzsche.

Pero la realidad es que nuestra vulnerabilidad es directamente proporcional a nuestro sentido de grandeza. El ideal que hemos construido alrededor de nosotros llega a ser, a veces, más grande que nuestro verdadero Yo. Eso nos lleva a vivir demasiado pendientes de esa falsa imagen y totalmente desconectados de nosotros. Por lo tanto, solemos creer que las personas le dedican demasiado tiempo a rumear sobre nuestros errores o fracasos, colocándonos como el eje central alrededor del cual giran sus días, cuando, sinceramente, no llegamos a ser tan protagónicos en la mente de nadie.

“Ahora que conozco sus reacciones, y que además encuentro historias similares a las mías, me doy cuenta que la fantasía me ha torturado aún más que la misma realidad. El miedo al juicio de mi hija me ha robado la paz, pero hoy descubro que el peor juicio ha sido el que yo he tenido hacia mí misma”.

Entonces, ¿cómo vencer la sensación de vergüenza que nos ha carcomido sin que nadie lo sepa? La compasión es el sentimiento humano que nos lleva a comprender la vulnerabilidad del otro, pero, por supuesto, para que ello ocurra necesitamos empezar por nosotros mismos. El día que aceptemos que somos seres imperfectos y en constante proceso, nos dejaremos de maltratar tanto; y no solo eso, cuando consigamos ver la imperfección como un don, aprenderemos a percibirnos de forma distinta. Porque es a partir de la propia insatisfacción que surge el deseo por querer trabajar apasionadamente en la mejor versión de nosotros mismos.

“Solo cuando logramos incorporar la dimensión del error como parte fundamental de nuestro proceso de aprendizaje, alcanzamos la sabiduría”. –Alfonso Ruiz Soto.

La experiencia de Isabel, fue la invitación que los otros necesitaban para darle la cara a su vergüenza:

“Siempre he tenido la sensación de no pertenecer. Desde niña me sentía rechazada, incluso me preguntaba si este mundo sería para mí. En este grupo ha sido diferente y hoy descubro por qué. Aquí me he atrevido a hablar de mis inseguridades, me he dejado ver tal cual soy. Me he sentido terriblemente vulnerable, pero al final, absolutamente cobijada. Con certeza puedo decir que lo que me ha hecho sentir aceptada ha sido compartirles mi imperfección, ¡y esa experiencia no la cambiaría por nada! Me da un gran sentido de pertenencia”.

“Fue muy revelador darme cuenta como pierdo el límite de dónde acabo yo y dónde comienzan mis hijos. Veo cómo la vergüenza de que mi hijo se haya hundido en el alcohol y las drogas me torturaba todos los días. No podía evitar pensar en mi imagen frente a los demás: ¿cómo quedo yo como madre? Hoy veo que puedo responsabilizarme de mis acciones, pero no puedo hacerlo de sus decisiones. Él tenía opciones, incluso las sigue teniendo, pero si no las quiere ver, ¿qué puedo hacer? Necesito ser empática conmigo misma, dejarme de juzgar por algo que sale de mis posibilidades. Es un hombre de 24 años que no puedo seguir cargando”.

“Salí de la junta con ganas de encerrarme en mi casa y no salir de ahí nunca más. «¡Qué desaparezcan para siempre!», pensé… «¡Los odio!» Dije para mis adentros… Y todo porque no puedo creer que haya dicho lo que dije en frente del director general de la compañía. Pero es que ¿a quién se le ocurre hablar de un nuevo proyecto cuando estamos lidiando con el actual? Claro que me gané una invitación a callarme y a centrar mi energía en lo que estaba ocurriendo. Me doy cuenta de lo vulnerable que puedo ser, pero con esta sesión, también descubro que la vergüenza es la cuota natural que debemos estar dispuestos a pagar cuando buscamos intentar algo diferente. Suele ocurrir que antes de un acierto, vienen las equivocaciones, lo cual es parte de un proceso perfectamente natural que no tiene por qué avergonzarnos. Evitar la vergüenza sería tanto como quedarnos paralizados sin oportunidad de conocer nuestros propios alcances”.

El espejo de la técnica grupal

Lo que verdaderamente construye la cohesión dentro de un grupo es el momento en que sus miembros dejan expuesta su vulnerabilidad. Mientras eso no ocurre, el grupo se mantiene sesionando en el mismo espacio, pero viviendo una enorme desolación. Lo mismo ocurre en nuestra vida, cuando nos decidimos a compartir nuestras susceptibilidades con el otro es que se abre la posibilidad de construir la verdadera y genuina intimidad, porque solo así nos sentimos vinculados.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Así como Isabel, descubramos que este sentimiento de vergüenza que tanto nos persigue dejará de hostigarnos el día que aceptemos que somos imperfectos. Porque el precio que pagamos en la vida por no saber perdonar nuestros errores es el de condenarnos a la desesperanza. ¿Te das cuenta cómo la desconexión que has tenido de tu ser te ha limitado de vincularte íntimamente con el otro? Reconocernos tal cual somos, con todas nuestras luces y todas nuestras sombras, es liberarnos a nosotros mismos de nosotros mismos.

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¿Consideras que el sentimiento de vergüenza ha limitado tus vínculos? ¿Cómo se relacionan la vergüenza y la incapacidad para encontrar sentido de pertenencia? ¿Es la intensidad de la vergüenza cuestión de género?

Referencias bibliográficas

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¿Puede la confrontación armonizar nuestros vínculos?

Amanda prefirió esperar unos segundos antes de ser la primera en romper el silencio: “Ya me cansé, no puedo seguir viviendo con un hombre así de egoísta. ¿Por qué será tan difícil para él tomarme en cuenta? Apenas ayer supe que pasaremos las fiestas de fin de año en un viaje con su familia; ya compró boletos, armó el itinerario y a mí ni me preguntó si estaba de acuerdo. ¡El coraje que siento me está matando!”.

Lo que Amanda compartió para el grupo fue un episodio bastante frecuente en su vida. La problemática explícita que la había traído a este espacio giraba en torno a su matrimonio y a la dificultad que encontraba para expresar su disconformidad ante diversas situaciones: “Me es imposible confrontarlo, es más, odio las confrontaciones, prefiero quedarme callada antes que verme envuelta en una discusión con él o con quien sea”.

Su actitud dejaba ver lo que imperaba dentro de su sistema de valores: «las palabras son de plata, pero el silencio es de oro». Era evidente que para ella “romper el silencio” era literalmente igual a romper la zona en la que se mantenía a salvo. El que hoy decidiera abrir la sesión fue sorpresivo, pero a la vez, anunciaba dejar el letargo para moverse a la acción.

Para el grupo era claro que Amanda necesitaba ponerle un límite a esta situación, sin embargo, para ella, siempre había sido más fácil evitar los enfrentamientos, sin importar el precio que pagaba a consecuencia de ello. Amanda tenía la sensación de que cada vez que estaba dispuesta a mostrar su coraje o frustración, él no bajaba la guardia. Por el contrario, era un experto en el arte de la argumentación, así que, para evitar sentirse expuesta ante una nueva derrota, había optado por disuadir a toda costa cualquier discusión.

Las confrontaciones que entrañan altercados verbales en la pareja, no solamente son naturales, sino que además, resultan absolutamente necesarias para consolidar el vínculo. Aquellas parejas que no están dispuestas a dirimir sus desacuerdos, en realidad, no se encuentran vinculadas íntimamente, por lo tanto, con el paso del tiempo están destinadas al fracaso, la infidelidad y a una inminente separación.

Amanda pudo darse cuenta que el silencio se había convertido en una trinchera muy cómoda para ella, pero también, comenzaba, a marcar su destino: “Cada vez que se aproxima una discusión me genera mucha angustia, temo que las palabras entre nosotros salgan de control y entonces terminemos por lastimarnos de forma irremediable”.

Muchas parejas suelen vivir una enorme decepción cuando aparece algún grado de tensión entre ellos. Es decir, son incapaces de tolerar la frustración dentro de la relación porque inmediatamente tienden a pensar que algo no está bien entre ellos; cuando sucede exactamente lo contrario. La verdadera intimidad entraña el genuino interés que podemos tener por el otro, por lo tanto, implica preocuparnos por aquello que está sintiendo, pensando, actuando, y hasta por la forma en cómo se ve. Esto sin duda desemboca en inevitables encuentros y desencuentros, ya que cada uno ha aprendido a ver la vida de forma diferente, así que resulta lógico y además natural que cuando ambas visiones se contraponen surjan sentimientos tales como el enojo. No expresarlo supone un gran riesgo: la acumulación de «facturas pendientes».

“Me doy cuenta de que el enojo que hoy siento no es únicamente por lo que está ocurriendo con este viaje, en realidad, he almacenado mucho resentimiento a lo largo del tiempo. Tienen razón cuando me dicen que con mi actitud, aparentemente complaciente, he construido un juego peligroso entre él y yo: primero no digo nada y me convierto en la víctima y él en el persecutor, después, si reclamo, los papeles se invierten, así que él acaba como la víctima y yo como su verdugo. Ahora comprendo la enorme dificultad que he tenido para disfrutar mis relaciones sexuales con él; les confieso que he llegado a pensar que sentir placer no es lo mío”.

Amanda prefería, inconscientemente, retener sus orgasmos antes que compartir un momento íntimo con él, esa era la manera en la que había aprendido a decirle que ella tampoco lo tomaba en cuenta. De hecho, muchas parejas trasladan sus inconformidades y luchas de poder a su vida sexual, aquello que no se pueden decir en la cocina, sin darse cuenta, se lo demuestran en la cama.

El problema no es pelear, sino cómo lo hacemos. Por lo tanto, es fundamental establecer reglas que permitan que el encuentro resulte benéfico. Aspectos como los siguientes suelen ser de utilidad para muchas parejas:

  1. Fijar una cita para tratar el asunto en discordia: de esta manera la pareja puede reflexionar sobre los argumentos que verdaderamente necesita exponer, sin tener después la sensación de haber dejado cosas en el tintero: “¿cómo no le dije esto?”, “¡pude haber sido más clara!”, “¡era el momento para decirle lo que verdaderamente me lastima!”. Cuando le anunciamos a nuestra pareja el tema a tratar en la cita, no habrá sorpresas, y ambos se habrán dado el tiempo de pensar en la problemática y sus posibles aristas. Implica darle lugar a algo que, hasta entonces, no había formado parte de la realidad. Esto, de alguna manera, permite que las respuestas no sean reactivas ni defensivas, cosa que resulta muy frecuente cuando a uno lo toman desprevenido.
  2. Es importante que la pareja decida, deliberadamente, evitar los golpes bajos, sobretodo, las interpretaciones con respecto a su actitud. Una interpretación fuera del contexto adecuado, como puede ser un espacio de consultoría, suele resultar muy agresivo. Por ejemplo, si en medio de una discusión acalorada uno le señala al otro que no aprendió a tomar en cuenta a los demás, tal cual su padre lo ignoró, lejos de ser recibido como algo constructivo puede resultar catastrófico y, además, cambiar todo el sentido de la confrontación.
  3. Es necesario que dejemos de insistir en la romántica idea de que las personas tienen que amarnos tal y como somos. En el fondo lo que nos reclamamos los unos a los otros es una mente abierta y un corazón dispuesto para cambiar: aprender a ser flexibles. Sin darnos cuenta, hemos construido actitudes de una enorme rigidez, pero cuando descubrimos que lo que verdaderamente nos nutre de una relación es dar, incluso mucho más que recibir, cambiar se convierte en un acto sumamente placentero.

Buscar tener una relación perfecta puede resultar frustrante, sobre todo cuando partimos de la base de que no existen los individuos perfectos. Por lo tanto, es importante aceptar que dentro de cualquier vínculo es natural que exista un cierto grado de tensión con la cual se puede vivir cómodamente, de otra manera, la decepción terminará por apartarnos.

Habiendo reflexionado sobre todo ello, Amanda se dirigió al grupo para esclarecer su mente: “Hoy veo como en mi silencio hay algo de agresivo, así que de alguna forma yo también estoy generando que se construya esta dinámica entre nosotros. Yo siento que él me agrede de una manera, pero la realidad es que yo también lo agredo al evitar decirle lo que siento o lo que pienso, porque en el fondo él siente que lo ignoro”.

Confrontación no quiere decir violencia, porque en todo caso, no hay excusa para ello, y cuando una persona siente que ha tenido que recurrir a la fuerza, porque las palabras le son insuficientes, entonces nos encontramos frente a la ruptura total de la verdadera intimidad.

La experiencia de Amanda permitió que el grupo reflexionara sobre sus propias circunstancias:

“Desde que nació nuestro primer bebé, mi esposa dejó de trabajar y yo asumí el rol de proveedor. Hoy la mayoría de nuestros problemas giran alrededor de nuestra economía. Me molesta muchísimo que me pida dinero todo el tiempo, cada vez que eso ocurre me irrito y ella termina muy enojada. Sin embargo, ahora me doy cuenta de las consecuencias que ha traído en nuestra dinámica el que yo le oculte información en torno a nuestras finanzas; en realidad no he sido transparente. Para ella el dinero significa gastarlo y para mí el dinero significa seguridad, por eso me he reservado muchas cosas, como por ejemplo, que recientemente adquirí un seguro médico de mayor cobertura que descompensó mi flujo económico. Esconderle esta información, por evitar inquietarla, ha creado una bola de nieve. Hoy veo cómo en la pareja, las preocupaciones también se comparten”.

“Mi rigidez se está convirtiendo en algo que cada día nos separa más. Hace días que le comenté a mi esposo que iría al ginecólogo porque la menopausia no me deja tranquila. Finalmente, el doctor me recetó hormonas, sobre todo, para ayudarme con el insomnio y los bochornos. Por supuesto llegué y se lo comenté. Su respuesta me decepcionó, me pareció pobre y sin sentido, lo único que dijo fue ‘qué bueno que ya lo resolviste’. Hoy me doy cuenta que lo que sucedió, no fue un diálogo, sino un monólogo de mi parte. Eso hago siempre, monopolizo las conversaciones para evitar que las cosas salgan de control, siempre existe en mí una predisposición a que lo que va a decir es una tontería, entonces prefiero no darle espacio. Me queda claro que si sigo haciendo lo mismo voy a seguir obteniendo las mismas respuestas; si pretendo que él intervenga de una manera diferente, tengo que empezar por modificar cómo le digo las cosas, pero para ello necesito ser flexible”.

“Es increíble cómo a pesar de mí he accedido a muchas cosas que me pide mi mujer, y todo por sexo. Creo que sabe perfecto el momento en el que busco tener relaciones con ella, y es justo cuando aprovecha para hacerme sus exageradas peticiones. Hoy veo cómo eso es un golpe bajo. Sin embargo, victimizarme sería inútil, yo he dado pie a ese juego. Es necesario que aprenda a construir un diálogo con mi mujer, independientemente de la cama, de otra manera seguiré callando el coraje que me provoca ceder en las cosas que me pide”.

El espejo de la técnica grupal

Vivir en pareja, así como ser parte de un grupo, implica metafóricamente, participar de un concierto. Esta palabra proviene del verbo “concertar”, lo que significa ‘conciliar entre sí voces o instrumentos’. Es decir, entraña una confrontación para crear algo juntos, en donde un instrumento se enfrenta al otro hasta que logran una sinfonía armónica. Incluso existen tres tipos de conciertos diferentes: da chiesa, en donde el instrumento acompaña a la voz; grosso, en el que dos instrumentos se enfrentan musicalmente; y el solista, en el que uno solo enfrenta a toda la orquesta. Por lo tanto, dependerá del contexto y de las circunstancias el tipo de concierto que se ponga en acción, pero en cualquiera de ellos, la confrontación es indispensable para lograr el encuentro.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Tal vez la experiencia de Amanda te permita responsabilizarte del tipo de vínculos que has construido. Comprender que todos somos copartícipes de la dinámica en la que nos vemos inmersos, resulta fundamental, si buscamos generar un cambio en nuestras relaciones. ¿Hasta cuándo piensas seguir victimizándote, con tal de no enfrentarte a tus propias dificultades emocionales? Para cambiar no se necesita voluntad, sino aprender a confiar en ti y en los recursos internos que tienes para lograrlo.

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¿Cómo dar lugar a confrontaciones constructivas más que destructivas? ¿Cómo comunicar de forma asertiva nuestras necesidades, sin caer en actuaciones? ¿Qué tipos de miedos nos impiden comunicar con claridad lo que esperamos de las circunstancias?

Referencias bibliográficas

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La envidia como virtud

Sofía llegó al encuentro y sin percatarse envolvió sus palabras con un aire triunfal. “Me parece tan triste ver en lo que se ha transformado la vida de mi hermana, literalmente se ha convertido en la sombra de su esposo. No trabaja y no hace nada de su vida, todo el día está con sus hijos, obsesionada con educarlos y francamente no sé si le funcionan sus estrategias. Pero además, ¡yo no podría ser una mantenida, de verdad, no sé cómo lo tolera! Pobre, no me puedo ni imaginar lo vacía que debe sentirse. ¿No estará deprimida?”.

Sofía a sus 39 años había logrado convertirse en socia del despacho de abogados para el cual trabaja desde hace años. Es una mujer exitosa, atractiva y muy inteligente, sin embargo, llegar a donde había llegado también le trajo un sinfín de sacrificios que sin pensarlo demasiado estuvo dispuesta a hacer, entre ellos, posponer su vida amorosa. Aunque, a decir verdad, hace tiempo que estaba lista y deseosa de involucrarse sentimentalmente con alguien. “¿¡Qué pasa con los hombres!? Después de un par de meses de salir con Jorge, le propuse que nos fuéramos de viaje, yo sé que su economía no está muy bien, así que le dije que no se preocupara, que los gastos corrían por mí cuenta. Bastó decir eso para que entonces explotara como nunca antes lo había hecho, ¡de dominante y controladora no me bajó!”.

Desde niña, Sofía sintió que se le había privado del signo de status que conlleva ser varón. Su padre, un hombre de «gran plumaje», que no reparaba en mostrarlo, siempre privilegió a su hijo varón por encima de ella y de su hermana. “Mi papá era uno de esos machos que pensaba que pagar por la educación de los hombres era una inversión, en cambio, la de las mujeres era un lujo. Nunca creyó que apostarle a mi futuro podía ser una buena idea. Hoy que me he convertido en su imagen y semejanza, sé que lo he sorprendido”.

Sofía se debatía entre la admiración a su padre y la envidia a su hermano, admiraba todo ese poderío, pero por el otro lado lo envidiaba, porque sentía que al ser mujer jamás podría ejercerlo. Ver la estampa social que tienen su hermano y su papá, por haber nacido hombres, era igual a entrar a una pastelería y simplemente ver cómo otros se comían el pastel que ella no podía probar. Esto quiere decir que existen contextos que favorecen que la envidia brote con mayor facilidad, y este, era uno de ellos.

La envidia es una de las primeras emociones que cualquier ser humano experimenta, por lo tanto, resulta muy fácil reconocerla en nosotros. Sin embargo, debido a su connotación cultural, también es uno de los sentimientos más negados por las personas, porque aceptar la envidia genera culpa.

Ahora bien, el matiz que existe entre la envidia y los celos, bien vale la pena mencionarlo, ya que suelen confundirse con mucha frecuencia. La envidia, como todas las emociones, está compuesta por una noción de escala; la parte menos patológica de la envidia es desear lo que el otro posee, pero además sentir coraje porque el otro sí lo tiene y uno no. Un segundo nivel, aún más intenso, es cuando además de ello, desearíamos que el otro tampoco lo tuviera. La diferencia con los celos radica en que para que exista este sentimiento necesita haber un rival de amores. Esto quiere decir, que los celos son el deseo por tener a alguien o por no perderlo, pero hay un tercero que amenaza esta posibilidad, por lo tanto, nuestra energía está puesta en rivalizar o excluir al elemento intrusivo. Esto se simplifica en la siguiente idea: la envidia se compone de dos partes: tú y yo; mientras que en los celos intervienen tres elementos: tú, yo y el otro.

Para Sofía, lo que en un principio fue la envidia por la hombría de su hermano, después se convirtió en la envidia por la maternidad de su hermana. Así funciona esta emoción, el que envidia, pronto aprende a hacerlo con todo y con todos. Sin embargo, cuando entendemos nuestra envidia se convierte en una virtud; si no fuera por ella quedaríamos ignorantes de nuestras insatisfacciones y desvalorizaciones, sin oportunidad de hacer algo al respecto. La envidia, además, se convierte en el termómetro que nos alerta de nuestras propias idealizaciones, entre más idealizamos mayor es la envidia, en cambio, cuando aprendemos a transformar la idealización en identificación -tú y yo somos iguales-, la envidia se convierte en admiración.

La experiencia de Sofía permitió que el grupo se diera permiso de reconocer sus envidias, y conforme el grupo se miró, descubrió que no tenía lógica sentir envidia por alguien, cuando todos, de una u otra manera, hemos enfrentado la adversidad de la vida:

“Ahora entiendo por qué mi hija se sentía tan molesta últimamente con mi forma de actuar. Por alguna extraña razón decidí mandarle un brujo para que le hiciera una limpia, incluso le regalé varios amuletos para el «mal de ojo», una semilla llamada ojo de venado y un listón rojo; ella ya no aguantaba que yo siguiera con estos «regalitos», y a mí me parecía que era una mal agradecida. Hoy veo que en mi sobreprotección había algo que ella sentía agresivo. ¿¡Y cómo no!? Acepto que en el fondo me ha resultado incómodo ver todo el potencial que ella tiene por delante, sin hablar de todas las oportunidades económicas que ha recibido y yo no. ¡Está más claro que el agua que de la única envidia que la quería proteger era de la mía! Verlo me libera, me hace querer estar más cerca de ella, pero además, me hace transformar esto que siento en una profunda admiración”.

“Hoy veo cómo la lástima que me produce mi mamá en realidad esconde una enorme agresión que, aunque me cueste trabajo aceptarlo, más bien se llama envidia. Verla con tantas actividades, llena de compromisos y viajes, pero además, rodeada de gente más joven que ella me hacían criticarla pensando en su gran dificultad para envejecer con dignidad, incluso me daba vergüenza. Pero la verdad, es que me da mucho coraje ver que por pasarla tan bien ya casi no nos vemos. Sin embargo, ella es feliz así, y yo no puedo negar que su vida se me antoja muchísimo. Ver lo que ella tiene y yo no, no me va a dejar nada bueno. Es necesario que transforme esta envidia en inspiración, sin duda, es un parámetro a seguir para mí”.

“Haber echado a perder la presentación de mi jefe me ha pesado mucho, pero con todo lo que escucho hoy, necesito aceptar algo que no había querido ver: la envidia que le tengo. Me tomó por sorpresa que lo hayan promovido a él y no a mí. Sin embargo, me doy cuenta que necesito observar esta emoción, de otra manera seguiré «echando a perder» lo que sea, con tal de afectar su imagen. Ya llegará mi momento, pero mientras tanto, vale la pena que me abra a aprender todo lo que pueda de él”.

El espejo de la técnica grupal

Uno de los elementos más reparadores dentro del grupo es cuando los participantes hablan de sus emociones negativas. La envidia, es uno de esos sentimientos que suele activarse al inicio del proceso, eventos como: imaginarse quién será el favorito del conductor o de los demás participantes, repartirse el tiempo de sesión, el contenido de sus vidas, entre muchas otras cosas, puede intensificar este estado. Conforme los participantes se van conociendo, la cortina de humo que los separaba, se convierte en el lazo que los une. Lejos de envidarse, se comprometen unos con otros, porque los avances de uno se convierten en la ganancia del grupo.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Espero que la experiencia de Sofía te permita reflexionar sobre lo siguiente: si descubres que constantemente te sientes envidiado por los demás, tal vez sea momento para revisar tus propias envidias. ¿De cuántos vínculos te estarás perdiendo por mirar con coraje lo que otros han logrado? Trascender la envidia es tener el privilegio de encontrar una fuente de inspiración que nos motive a ser mejores personas.

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¿La envidia y un autoconcepto devaluado podrían estar vinculados?, ¿cómo orientar una sana competitividad sin caer en la envidia?, ¿por qué la sensación de falta de control sobre la vida es un propulsor de la envidia?

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

Referencias bibliográficas

  • Ruiz, A. (2017). Curso II, Huella de Abandono. Instituto de Semiología, S.C. https://semiologia.net/curso-ii-huella-de-abandono/
  • Ruiz A. (2017). Curso V, Vocaciones de vida: soltería, pareja, familia. Instituto de Semiología S.C.
    https://semiologia.net/curso-v-vocaciones-de-vida/
  • Klein, M. (1988). Envidia y gratitud y otros trabajos. Obras completas. Volumen 3. Barcelona: Paidós.
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La usurpación de las fantasías

“¡La cosa está que arde!” Dijo Verónica buscando complicidad con el grupo. “¿Se acuerdan que les platiqué de mi cliente, el hombre alto y atractivo al que le mostré un departamento?, pues finalmente se decidió a comprarlo, así que le llevé los papeles que tenía que firmar. Generalmente todo lo veíamos a través de su secretaria, pero esta vez me citó en su casa.

¡No saben el lugar, de un gusto extraordinario, lleno de libros y obras de arte que además reflejan lo culto que es! Empezamos a platicar y como ya era tarde me ofreció un poco de vino, ¡un Bordeaux carnoso de esos que marean con el aroma! En ese momento recordé que mi esposo estaba de viaje y mis hijos en casa dormidos, así que me pareció la ocasión perfecta para desvelarme con una buena plática. Una cosa llevó a la otra y terminamos haciendo el amor como hace mucho tiempo no lo experimentaba… ¡Ya no me acordaba de la mujer ardiente que habitaba en mí, fue maravilloso!”.

Verónica es una mujer de 48 años que actualmente dirige la compañía de bienes raíces que fundó desde hace tiempo. Su esposo Miguel, si bien no le va mal, nunca destacó. Verónica tenía la sensación de que él se recargaba en ella, lo describía como un hombre pasivo, bueno como el pan, pero sin las mismas ambiciones que ella tenía. Sin embargo, su familia veía con muy buenos ojos a Miguel, lo querían porque les parecía un hombre educado y responsable.

Lo que Verónica describió para el grupo fue una escena producto de las fantasías que se activaron a consecuencia de la insatisfacción que su vida en pareja le provocaba, desde hacía tiempo. Para Verónica, Miguel representaba lo predecible, lo establecido, y por qué no decirlo, lo aburrido. “Mi relación con Miguel ha sido un camino largo, lleno de momentos inolvidables como la llegada de mis hijos, pero también hemos pasado por cosas difíciles. Al principio nuestra sexualidad no era mala, aunque confieso que tuve que enseñarle muchas cosas, ayudarlo a que se liberara de tantos prejuicios. Pero de un tiempo para acá sentía que tener relaciones sexuales con él era parte de lo que tenía que suceder, una rutina preestablecida, incluso pensé que mi libido sexual había desaparecido. ¡Después de lo que acabo de vivir, me siento feliz! Pensé que la pasión se había muerto dentro de mí y no, ¡está más viva que nunca!”.

Se encontraba eufórica, era pronto para hablar de culpa o remordimientos, cuando era evidente que las endorfinas estaban haciendo su trabajo. “Pero ahí no termina todo, al día siguiente mi cliente me llamó para decirme que la había pasado increíble y que quería volver a verme. ¡No puedo esperar a que llegue ese momento! El asunto es que Miguel me ha notado especialmente contenta, es imposible disimularlo. Yo no sé si sospecha algo, pero ayer de pronto llegó a casa con unos boletos de avión para que nos fuéramos a la playa, ¡en 20 años de matrimonio, jamás había hecho algo así!”.

Verónica deseaba tomar una decisión y actuar en consecuencia, pero en ese momento se sentía abrumada. Para ella, tanto permanecer con Miguel como terminar con su matrimonio, eran dos horizontes que la cuestionaban en lo profundo. Poco a poco su discurso se fue calibrando dentro del grupo, hasta que logró hacerse la primera pregunta que la colocaba de cara a la realidad: “¿será que por darle rienda suelta a mis fantasías estaré mandando por la borda algo que sí es verdadero?”.

Frente a sus palabras el grupo aprovechó el momento para confrontarla. ¿Por qué habría sido que Verónica, con tantas oportunidades en la vida, tantos clientes atractivos y citas particularmente especiales, sucumbió esta vez?, ¿qué era aquello que en el fondo había motivado este impulso, por qué ahora?

Un mes atrás Verónica se enfrentó a un gran golpe; su asistente, mano derecha, amiga y confidente, había perdido la vida a consecuencia de un infarto cerebral. Para Verónica este evento significó hacerse consciente de su mortalidad y de lo frágil que puede resultar la vida. En aquel momento comentó que no sabía si estaba viviendo su vida al máximo o si la estaba desperdiciando, incluso se cuestionó si había hecho una buena elección al casarse con Miguel.

Fue así que el grupo le ayudó a ver que aquella noche de pasión con su cliente parecía ser una reacción al miedo que le provocaba sentir que había dejado de vivir la vida con intensidad. Incluso en su relato privilegió el sentirse viva, “¡más viva que nunca!”. No obstante, daba la impresión de que utilizaba a Miguel como el pretexto que le impedía disfrutar la vida con fuerza, de esa manera, evitaba responsabilizarse de sí misma y de su incapacidad para aliviar su vacío. Aunque lo justo sería decir que lo que le ocurrió a Verónica, es algo que nos puede ocurrir a todos en algún momento de la vida; ¿cuántas veces nos resulta más cómodo señalar al otro como el culpable de la problemática, antes que asumir nuestras propias frustraciones?

La infidelidad es un tema bastante común, pero es evidente que no todas las situaciones son iguales; de tal forma resulta muy interesante detenernos a reflexionar sobre las circunstancias personales que motivan el hecho, las cuales suelen anunciar una confusión interna, producto de la necesidad de ratificación personal, o como consecuencia de la insatisfacción. El caso de Verónica no era la excepción; lo que para ella significaba el reencuentro con su pasión, más bien señalaba un acto desesperado por evitar su muerte en vida: ratificar su existencia.

De pronto, pudo darse cuenta que su mente había sido ocupada por un hombre que poco conocía y que estaba desconectada de Miguel, alguien que se preocupaba genuinamente por ella. “Con todo lo que he escuchado hoy en la sesión me pregunto si será que estos castillos en el aire, construidos en mi mente, me estarán alejando del amor verdadero”.

La experiencia de Verónica nos deja ver que las fantasías cobran un lugar tan importante dentro de nuestra mente, como la misma realidad; por un lado, existen las fantasías que están destinadas a compensar nuestras circunstancias externas al tener deseos irrealizables, y por el otro lado, existen las fantasías fatales que nos persiguen y atormentan. Ambos escenarios anulan la posibilidad de conectarnos con lo que verdaderamente tenemos, porque nuestra realidad externa se ve secuestrada por ensoñaciones. Por lo tanto, resulta fundamental comprender la diferencia que existe entre la fantasía y los actos mentales creativos; la fantasía es un constructo de significación que no tiene un sustento real, salvo en nuestra propia imaginación, mientras que los actos mentales creativos son constructos de significación arraigados en el Principio de Realidad, cuyo objetivo radica en la transformación de la misma.

Dicho esto, soñar despiertos es algo que nos ocurre con frecuencia, incluso como una defensa que nos permite ausentarnos momentáneamente de nuestras circunstancias, cuales quiera que sean. El gran reto de esta conducta es ser capaces de regresar de la fantasía a la realidad, pero además, saber separar la parte real de lo que hemos imaginado, de sus partes conflictivas.

Verónica, al verse sufriendo por la pérdida de su amiga, se enfrentó a una de las frustraciones más grandes para el ser humano: aceptar que somos mortales. Esto la llevó a atormentarse fantaseando con su propio final, pero fue tanta su angustia que necesitaba deshacerse de ella, expulsarla de su cuerpo y de su mente, hacer lo que fuera para recordarse a sí misma que seguía viva y que además tenía el poder para escaparse de la muerte. Estos fueron, quizás, los motivos profundos que la llevaron a hacer lo que hizo, que aunados a las circunstancias propiciaron el evento. Utilizó la infidelidad como un salvavidas. Pero después sus fantasías, en lugar de perseguirla, le empezaron a prometer un mejor lugar para sentirse viva.

He ahí el peligro de que Verónica se perdiera en sus ilusiones y, como consecuencia de ello, estuviera dispuesta a cambiar un espejismo por algo verdadero. Dejar camino por vereda es no querer ver la realidad que, aunque a veces densa, a la larga, siempre aporta más sentido a nuestra vida.

Esto nos lleva a reflexionar sobre la importancia que tiene aprender a distinguir qué es real y qué es aquello que sólo está ocurriendo en nuestra imaginación. En el caso de Verónica habría que preguntarnos: ¿era real el futuro que ella estaba visualizando con un hombre que prácticamente había visto dos veces en su vida o era esto producto de una idealización?

El que Verónica pudiera trabajar sobre todas estas fantasías la llevó a reconocer sus deseos frustrados, sus insatisfacciones, la tristeza que sentía por la pérdida de su amiga, en fin, logró hablar de la realidad. Pudo ver que hoy estaba viva, que no había motivos para pensar que su vida acabaría en este momento, y que además estaba casada con un hombre con el que había construido una relación real y verdadera. Pudo descubrir que existía la posibilidad de transformar estas fantasías en actos creativos que le permitieran fortalecerse de la experiencia.

El caso de Verónica llevó al grupo a buscar sentido de realidad, a intentar distinguir cuántas de sus acciones e impulsos podían estar motivados por una fantasía. Después de un profundo trabajo, este fue el material que lograron traer de la memoria nula a la memoria lúcida:

“Hoy veo mis propias razones para haberle sido infiel a mi mujer varias veces. Recuerdo como si fuera ayer el día en que le dije a mi papá que tenía una novia, él siempre dudó de mi hombría. La cara de orgullo que me mostró es algo que intento reproducir dentro de mí. Yo sé que le quité un peso de encima cuando supo que me gustaban las mujeres. Cada conquista, cada mujer, para mi representaba saber que no le había fallado a mi papá, era mi forma de ratificarme. Hoy me doy cuenta que esa idea es probable que sólo ocurriera en mis fantasías, yo necesitaba imaginarme a mi papá orgulloso de mí, pero nunca pensé que el precio que pagaba era tan alto, porque sin darme cuenta, me perdí en una idea que ni siquiera sé si es real y mientras tanto, alejé el amor verdadero. Es necesario que reflexione sobre lo que yo quiero para mí, y no lo que mi padre hubiera querido”.

“Pagar por sexo siempre me ha atraído y hoy comprendo mis razones. Tener relaciones con mi esposa implica vincularme emocionalmente, en cambio con una prostituta, es diferente. El que de por medio haya dinero evita que mis emociones sean parte del evento. Es otro ejemplo más de lo que aquí he descubierto: mi dificultad para establecer relaciones cercanas. Desde niño me sentí sometido por mi madre, una mujer sumamente tirana. Siempre fantaseaba con la idea de poderme defender de ella y ser más poderoso, pero hoy veo que esas ideas son las que motivan mis actos. Yo siempre pensé que pagar por sexo era una manera de sentir que ahora era yo quien sometía a la mujer, de ratificarme en el poder. Hoy que veo con claridad cómo mis fantasías han motivado mi conducta, es momento de tomar las riendas de mi vida, de otra manera terminaré por destruirme”.

“Hoy veo cómo el abuso sexual de mi padrastro ha motivado mis razones inconscientes para serle infiel a mi pareja. Gracias a ustedes he podido aceptar algo que me parece horrible, pero es real. Su abuso me hizo sentir la favorita por encima de mi madre. Yo era una niña y no entendía mucho, lo único que sí sabía es que si yo «me portaba bien con él», él se portaba bien conmigo dándome más dinero y privilegios que a ella. Hoy veo como esa promiscuidad es la que repito, y la repito siendo infiel, buscando sexo con otros, porque me hace sentir que soy especial por encima de los demás, aunque eso sólo ocurra en mis fantasías; además busco hombres que también estén casados para sentirme en rivalidad con otras mujeres, de esa forma reproduzco la escena de vencer por encima de mi madre, en el fondo no le perdono que no me haya defendido de ese monstruo. Me parece que necesito dejar de fantasear con que soy mejor que ella, porque esas ideas lo único que están provocando es que me quiera seguir ratificando en brazos de otros hombres y por lo tanto no me logre vincular con mi esposo, un hombre que me ha sabido querer bien”.

El espejo de la técnica grupal

En el grupo se aprende a distinguir la realidad de la fantasía. A saber que la fantasía es una percepción del Imaginario, mientras que la realidad es una percepción del Yo Observante. Por lo tanto, los participantes aprenden a explorar sus fantasías para después convertirlas en actos mentales creativos que les permitan ser una mejor versión de sí mismos.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Tal vez la experiencia de Verónica, te permita contrastar tu realidad con tus fantasías. Es momento que te preguntes sobre todo aquello que tu mente ha construido como un espejismo pasajero, porque seguir creyendo en ellos puede significar un gran riesgo. ¿Hasta cuándo vas a permitir que tu vida siga gobernada por fantasías, por no querer enfrentar la realidad? Las fantasías no nos conducen a ningún lado, en cambio mirar la realidad es el camino seguro para saber quién eres y qué quieres.

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¿Cómo podemos transformar la fantasía en actos mentales creativos?, ¿es la inmadurez un componente de quien fantasea sin posibilidad de regresar a su realidad?, ¿cuál sería la diferencia entre generar expectativas y sumergirse en la fantasía?

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

Referencias bibliográficas

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El laberinto de las expectativas y las esperanzas

En el grupo se rompió el silencio con las palabras de Sandra: “Yo pensé que él, algún día, iba a desear formar una familia tanto como lo he deseado yo. Estaba segura que con el tiempo lo haría cambiar de opinión, que lograría convencerlo de ser papá. Hoy me doy cuenta que la persona con la que yo me comprometí, no es real, porque no corresponde a la ilusión que yo quise formarme de él”.

Sandra, una mujer de 38 años, conoció a Fernando en la compañía para la que trabajan. “Desde que lo vi sentí que era el hombre perfecto para mí”. Fernando, un hombre de 43 años, siempre le hizo ver a Sandra que no obstante lo mucho que la quería, él no deseaba tener hijos, pero ella estaba segura que esa forma de pensar caducaría con el paso del tiempo. Sin embargo, los años pasaban y Sandra tenía la sensación de que las cosas no evolucionaban entre ellos. Fernando seguía exigiendo mucha libertad y ella no entendía por qué no lograban comprometerse en una relación estable. Hoy, después de dos años, pudo ver que la evasión de su pareja no se trataba de una resistencia, sino de una realidad.

Sandra planteaba en el grupo una de las mayores encrucijadas para el ser humano: la renuncia a nuestras expectativas. Pero, ¿por qué será que las personas nos aferramos a idealizar un sinfín de situaciones sin poder ver la realidad tal cual es? Por un lado, la idealización es una defensa para evitar la insatisfacción, preferimos exaltar circunstancias antes que enfrentarnos a sus sombras. Pero por el otro lado, la idealización son los reflectores que dirigimos sobre algo o alguien que terminan por arrojarnos la luz de regreso. Por ejemplo, cuando decimos o pensamos cosas como: “yo he estudiado con el mejor abogado de México”, o “el doctor que me ha curado es el mejor en su ramo”, o “¡no existe hombre más maravilloso que mi pareja!”; es una manera de atribuirnos un lugar importante, porque por supuesto, preferimos pensar que “somos muy especiales y afortunados”. Sin embargo, idealizar también supone un gran riesgo: la decepción. Tarde o temprano aquello que hemos engrandecido, inevitablemente tomará su justa proporción.

Lo dicho en el grupo le ayudó a Sandra a hablar sobre sus sentimientos: “Hoy descubro que soy yo la que se ha negado a ver una realidad que él siempre me mostró y que yo intentaba disfrazar. Es como si de pronto una ola hubiera arrasado con mis sueños, unos sueños que construí sobre algo que nunca hubo, pero que utilicé para engañarme y ahora me siento profundamente decepcionada”.

Una de las experiencias de idealización más frecuentes en las personas es el enamoramiento, algo que muchos hemos sentido alguna vez. Por lo tanto, sabemos de ese estado vulnerable en el que nos es difícil ver lo que el otro no puede darnos, haciéndonos construir expectativas que no necesariamente coinciden con la realidad. Porque aceptar a nuestro objeto de deseo tal cual es, con todas sus circunstancias, tal vez nos frustraría y probablemente nos empujaría a buscar a alguien más, sabiendo que existe la posibilidad de nunca encontrarlo. Así que para evitar enfrentarnos a la desolación emocional, preferimos enaltecer a la persona ansiada.

Para Sandra, Fernando representaba una relación prometedora. Era tanto su deseo de estar con él, que no lograba ver al hombre real. Por lo tanto, prefirió construir para ella la versión que más se ajustaba a sus necesidades, llevándola a vincularse con una fantasía.

Renunciar a nuestras expectativas implica hacer un duelo con lo que nunca hubo en nuestra vida, pero que fantaseamos con tener; lo cual es muy diferente a hacer un duelo con lo que sí tuvimos y después perdimos. Es decir, renunciar a la expectativa es aceptar que en nuestra realidad siempre existirá algo que falte. Sin embargo, nos resistimos a aceptarlo, así que volcamos toda nuestra energía en la búsqueda incesante de la perfección. Pero, perdemos de vista que nuestra condición humana nos regala el privilegio de poder decidir, la mayoría de las veces, cuáles son las faltas que estamos dispuestos a tolerar y cuáles no. En el caso de una pareja no se trata de buscar un reemplazo cada vez que aparezcan sus defectos, se trata simplemente de reflexionar con qué fallas estoy preparado para lidiar: su falta de belleza física, su irresponsabilidad, su frialdad, su inadecuación social o cualquier otra. Esta reflexión puede llevarnos a asumir la ausencia y a evitar que suframos por algo que probablemente nunca tendremos.

En el caso de Sandra la pregunta que ella necesitaba contestarse a sí misma, era si acaso estaba dispuesta a asumir a un hombre que no deseaba ser papá. “Sé que si presiono a Fernando probablemente terminará por acceder, pero sería nuevamente arriesgarme a sembrar la expectativa de que él será un buen padre, cuando con su actitud me ha demostrado todo lo contrario y ser madre soltera no me atrae en lo más mínimo. Creo que es momento de que me empiece a vincular con el hombre real, tal vez en el fondo, ni siquiera me molesta tanto su cosmovisión de la vida, por algo lo elegí así. Me pregunto si he idealizado la imagen de que para ser feliz necesito tener hijos”.

Así fue, que la experiencia de Sandra le permitió al grupo comprender algo que es fundamental: la diferencia que existe entre generar expectativas y generar esperanza. La expectativa crea un apego al resultado, por lo tanto, cuando las cosas no ocurren como lo esperamos, nos frustramos. La esperanza está basada en un anhelo, pero nunca perdemos perspectiva, porque estamos conscientes de que aquello que deseamos puede no suceder, pero no por ello, perdemos la esperanza que nos mueve en una dirección precisa de realización, independientemente de los resultados.

“Quien siembra expectativas cosecha frustraciones” (Ruiz, 2011).

Generar expectativas produce dos cosas: primero, distorsionamos la realidad al idealizar situaciones para evitar frustrarnos con lo que la vida tiene que ofrecernos. Pero además, cuando las cosas no ocurren como las hemos esperado, tendemos a devaluar o a rechazar lo que la vida nos está ofreciendo, dejándonos insatisfechos y sin posibilidades de apreciar lo que sí existe en nuestro horizonte de posibilidades.

Esta reflexión permitió que los participantes encontraran la salida a este laberinto mental, habitado de esperanzas y expectativas:

“Sigo insistiendo en que mi madre cambie, que finalmente reconozca todo lo que he hecho por ella. Hoy me doy cuenta que estoy esperando a que eso suceda para entonces sentirme valorada, y lo más probable es que eso no pase. Hoy me doy cuenta de que necesito despedirme de la madre que he construido en mi cabeza para recibir a la madre que me tocó, de otra manera seguiré frustrándome a consecuencia de mis expectativas. Tengo que buscar la manera de construir una relación con ella a partir de lo que sí puede ofrecerme”.

“Hoy me doy cuenta que es muy arriesgado pensar que algún día mi pareja dejará a su esposa, mis expectativas me han hecho perder perspectiva. ¡Yo he querido creer ciegamente en sus promesas!, pero ahora que matizo las circunstancias, sinceramente no lo veo preparado para dejar a su familia. Sus hijos aún están chiquitos y aunque no he querido aceptarlo, le atormenta más la culpa, que su deseo de querer estar exclusivamente conmigo. Seguir con él, implica asumirlo bajo este principio, de otra manera seguiré sintiéndome insatisfecha con lo que sí puede darme… sinceramente, esta realidad ya no me es tan atractiva”.

“Me la he pasado años esperando a que mi jefe me reconozca como yo quiero. Por lo tanto, he dejado de disfrutar todo lo que me ha dado mi trabajo, incluso he pensado varias veces en renunciar. Ya es momento de que comience a mirar lo que sí tengo, lo mucho que me ha dado este despacho, de otra manera, seguiré sintiéndome frustrado porque las cosas no han sido como me hubieran gustado”.

El espejo de la técnica grupal

Los Grupos de Desarrollo de Conciencia, entre sus muchos beneficios, promueven que sus participantes puedan colocar los pies sobre la tierra. Es decir, sus integrantes, con ayuda del grupo logran contrastar sus expectativas al darles sentido de realidad. Pero además, crecen en esperanza al descubrir que aunque todos nos encontramos en diferentes puntos frente a la adversidad, también es cierto que todos vamos navegando en el mismo barco.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Tal vez la experiencia de Sandra te permita ajustar tus expectativas a una visión más realista de tus circunstancias. ¿De cuántas cosas te estarás perdiendo en la vida, por seguir esperando algo que probablemente sólo habita en tus fantasías? No debemos olvidar, que la realidad, por dura que sea, siempre le dará estructura a nuestro escenario interno de conciencia.

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¿Consideras que una persona que tiende a idealizar situaciones también suele, en otros momentos, devaluar con la misma fuerza?, ¿qué estrategias podrían ser útiles para evitar las expectativas?, ¿cómo la tendencia a la idealización y la autoexigencia podrían estar vinculadas?

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

Referencias bibliográficas

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La autoexigencia: una doble crisis

Sin mayor preámbulo, Gloria se dirigió al grupo para compartirles que después de algunos meses, había vuelto a ver a su exesposo: “No puedo creer que después de tanto tiempo de habernos separado, se me removió de nuevo el pasado. ¡Me vi a mí misma como un cangrejo caminando hacia atrás! A estas alturas, yo ya no debería sentir esta tristeza”.

Gloria, una mujer de 38 años, es madre de dos niños. Tras el nacimiento de su segundo hijo, su esposo le pidió el divorcio al confesarle que se había enamorado de otra mujer. A pesar de las súplicas de Gloria y de lo mucho que intentó para que no la dejara, él decidió renunciar a ella. Tiempo después, le hizo saber que estaba esperando un bebé con su nueva pareja.

Toda esta situación provocó que Gloria desembocara en una de las mayores crisis de su vida, llevándola a buscar ayuda profesional; así fue como nos conocimos. Después de un tiempo de trabajar juntas el duelo por la pérdida de su matrimonio y todo lo que esto significaba para ella, le propuse participar en un grupo. Consideré que la experiencia grupal podría ayudarla a recuperar la seguridad en sí misma, al encontrar dentro de este espacio, aceptación, comprensión, intimidad y sinceridad, entre otros muchos elementos que le devolverían la sensación de sentirse perteneciente a algo. Con el tiempo, la tormentosa imagen que tenía de su futuro fue tomando una perspectiva diferente. “A veces me descubro tan atrapada pensando en qué será de mí, que dejo de acercarme a lo que realmente sí tengo en mi presente, pero cuando me centro en el aquí y en el ahora, confieso que puedo experimentar satisfacción”. Sus progresos eran evidentes, sin embargo, en ese momento, la autoexigencia pareció apoderarse de ella.

Días antes de nuestra sesión semanal, nació la hija de su exmarido, por lo que Gloria consideró oportuno llevar a sus hijos al hospital para conocer a su nueva hermanita. “Realmente me sentía tranquila, además pensé que llevar a mis niños era una manera de hacerles saber, que a pesar del divorcio, podía construir una buena relación con su padre. Nunca me imaginé que al verlo cargando a su hija, se me removerían tantas cosas del pasado”.

En esa sesión Gloria se mostró decepcionada de sí misma. Le enojaba pensar que todo lo que había alcanzado con su trabajo personal, de pronto se había desvanecido. No obstante, daba la impresión de que lo que verdaderamente la estaba atormentando ese día, era pensar que había fracasado frente a la expectativa de cerrar la herida definitivamente.

Lo que le ocurrió a Gloria es algo que nos puede pasar a todos en cualquier momento de la vida. Suele suceder que la mayoría de las personas construimos la noción de la paz interna como un estado permanente y progresivo, cuando en realidad se trata de un proceso oscilatorio. Esto quiere decir que los procesos son susceptibles de una evolución y, también, de una involución. Por lo tanto, habrá momentos en los que nos sentiremos muy bien, pero habrá otros momentos, en los que la dificultad surgirá nuevamente, haciéndonos sentir de vuelta muy inestables. Sin embargo, trabajar en robustecer nuestros recursos internos es fundamental, ya que será precisamente esto lo que finalmente nos permitirá reponernos de la adversidad y, además, salir fortalecidos de la experiencia. Comprender esto puede liberarnos; aceptar que somos seres en proceso -y que lo seremos toda la vida-, nos permitirá quitarnos de encima el gran peso de la autoexigencia.

Las personas tendemos a exigirnos estar bien todo el tiempo, y lo único que provocamos con ello es una doble crisis. Por un lado, lidiamos con la problemática que la vida nos presenta, pero por el otro lado, tendemos a complicarlo con nuestros juicios personales en los que nos acusamos, nos reprobamos y nos señalamos por lo que estamos pensando o sintiendo frente a nuestras circunstancias. Esta actitud lacerante nos conduce a experimentar una mayor tristeza, enojo, frustración e incluso, depresión frente a lo vivido, reduciendo enormemente la posibilidad de explorar y comprender el nuevo reto que la vida nos presenta.

La autoexigencia forma parte de un Imaginario Colectivo que nos enseñó que lo importante en la vida eran los resultados y no nuestros procesos. Esto quiere decir, que muchas veces solemos evaluarnos en función de los éxitos o fracasos que han habido en nuestra vida, pero pocas veces nos detenemos a mirar la perseverancia, la dedicación o el entusiasmo que hemos puesto en nuestras tareas. Cuando el resultado no es el esperado, tendemos inmediatamente a invalidar el proceso, diciéndonos cosas como: “no ha sido suficiente”; “a estas alturas yo ya no debería de equivocarme”; “de nada ha servido lo que he hecho”; en fin, una serie de juicios que lo único que provocan es agravar nuestra conflictiva.

El grupo trabajó para que Gloria lograra darse cuenta que estaba siendo víctima de esta doble crisis que generaban sus juicios: primero se enfrentaba a esta nueva idea de aceptar que su exmarido finalmente había rehecho su vida, pero además de esto, se laceraba a sí misma juzgando sus emociones en lugar de comprenderlas. “Hoy con lo que me dicen descubro lo dura que puedo ser conmigo misma. Haberme sentido así cuando lo vi en el hospital hizo que perdiera perspectiva. Hoy veo que esta tristeza es parte del proceso natural que estoy viviendo y que al juzgarme por ello, lo único que estoy haciendo es intensificar mi sufrimiento. En realidad, dentro de todo me he sentido tranquila, pero darme permiso de ajustarme a esta nueva realidad era necesario. Me siento confiada porque sé que a pesar de la tristeza que ahora siento, me repondré, sólo necesito tiempo para asimilarlo…”.

Que Gloria pudiera soltar el látigo con el que solía lastimarse, hizo que los demás participantes se dieran permiso de hacerlo también:

“A veces me descubro extrañando a mi hija. Desde que murió me he empeñado en superar el duelo, como si ese fuera el resultado que valiera. Cada vez que contacto con alguna emoción de tristeza me recrimino, incluso he llegado a despreciarme por sentir esto que según yo ya no debería de ocurrir. Ese “debería” es lo que en verdad me está matando. Hoy descubro que la pérdida, como la ganancia, son procesos; y que es lógico que haya fechas o momentos en los que añore su presencia. Sin embargo, tengo que aceptar que en la balanza, predominan más los momentos de serenidad… ¡es increíble cómo puedo exigirme tanto a mí misma!”.

“No tolero equivocarme, mis errores me persiguen todo el tiempo. Soy un experto en señalarme lo que dije, hice, o pensé mal. Me la vivo comparando lo que tengo con lo que no tengo y me descubro viviendo una especie de tristeza por aquello que no soy y que quisiera ser. Hoy con todo lo que escucho comprendo que el día que logre asumirme como soy; un cuadro blanco con maravillosos puntos negros, ¡voy a vivir la vida en plenitud!”.

“Perder mi empresa ha sido uno de los golpes más duros que la vida me ha dado. Desde entonces he insistido en que me deje de afectar definitivamente. Siempre estoy buscando cerrar ciclos de forma concluyente, generando la expectativa de que nunca más volverán a perturbarme. Sin embargo, he perdido de vista que los ciclos se conectan uno con otro, por lo tanto, es natural que por momentos, reviva lo que me ha ocurrido. ¡Lo que resiste, persiste!… Es hora de que me deje de resistir a mis emociones conflictivas, para que dejen de persistir en mi mundo interno”.

El espejo de la técnica grupal

En Semiología de la Vida Cotidiana hablamos de la importancia de buscar la plenitud, no la perfección. Suele suceder que los participantes de grupo, o cualquier persona que acude a un proceso de consultoría, se empeña en ser reconocido por los resultados que ha obtenido a partir de esta nueva práctica. Sin embargo, es importante recordar que los cambios que se producen dentro de este espacio son a nivel interno, no externo, por lo tanto, no es algo que se nota a primera vista. Reflexionar sobre esto es crucial, ya que le permitirá a la persona entregarse a la experiencia sin depender de ser elogiado por sus allegados para continuar su proceso. Descubrir el beneficio personal es promover la plenitud en nosotros, buscar ser reconocidos por los demás, incluso por nuestras voces internas, es insistir en ser perfectos.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Es posible que la experiencia de Gloria te permita reflexionar sobre los muchos procesos que no te has validado genuinamente. ¿Cuánto tienes que reconocerte, agradecerte y mirarte? Prolongar nuestros propios juicios únicamente conseguirá decepcionarnos. Cada persona debe ser capaz de encontrar una Pauta de Oro para conducirse en la vida, es decir, el ideal dentro de lo posible. Pero dentro de este marco de referencia, también se señalan nuestras limitantes. Aceptar que hay cosas que no somos, no sabemos, no tenemos y, por lo tanto, no podemos; nos permitirá disfrutar de lo que sí somos, sí sabemos, sí tenemos y, en consecuencia, sí podemos. Comprender que no existe nada más perfecto que los ritmos oscilantes de nuestra conciencia, es lo que realmente le devolverá esperanza a nuestra vida.

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¿Es la autoexigencia un inhibidor de nuestra intuición?, ¿cómo la autoexigencia y la incapacidad para experimentar plenitud podrían estar relacionadas?, ¿cómo canalizar nuestra autoexigencia personal de forma funcional?

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

Referencias bibliográficas

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La culpa: una emoción persecutoria

Conforme la sesión avanzaba, Martha buscó el momento adecuado para hablar del sentimiento de culpa que la había acompañado durante años: “Ver a mi hermana tan deprimida me hace pensar que toda la envidia y todo lo malo que le deseé cuando éramos niñas, se convirtió en realidad… así que no puedo evitar sentirme terriblemente culpable”.

Martha tenía 24 años, era la segunda hija de tres hermanos. Su hermana Carolina, dos años mayor que ella, se distinguió por ser ejemplo de excelencia y perfección. Ver que sus padres siempre la señalaron como una pauta a seguir, hacía que Martha le tuviera un profundo coraje. La experiencia de su infancia se resumía en la sensación de haber crecido a la sombra de su hermana, sus logros, por importantes que fueran, nunca se compararon con los de Carolina. La envidia que Martha sentía por ella, hizo que por momentos fantaseara con su muerte, pero se quedaba en eso, en una simple y llana fantasía producto de la rivalidad natural que existe entre hermanos.

Hace seis años Carolina sufrió un accidente automovilístico; quedó postrada en una cama durante varios meses, y aunque su recuperación física ha progresado, emocionalmente no ha sido igual. “Desde de ese día Carolina no volvió a ser la misma. Era como si de pronto aquello que en algún momento imaginé se hubiera convertido en realidad, ver cómo se ha roto por dentro a partir de ese accidente, hace que la culpa me persiga todos los días”.

Desde la perspectiva psicológica, el sentimiento de culpa tiene sus orígenes en condicionamientos de la infancia, en donde nos hicieron sentir que todo lo que sucedía a nuestro alrededor tenía que ver con nosotros. Sumado al convencimiento profundo de que el mundo existía para complacer nuestras necesidades: teníamos hambre y comíamos, teníamos sueño y dormíamos, teníamos frío y pronto se nos quitaba, pero con el tiempo, esa idea casi delirante cambió; al descubrir que no éramos todo poderosos, sino que había alguien, nuestra madre, de quien dependíamos para mantenernos vivos. Sin embargo, existe una parte de nosotros que no termina de superar esa herida en nuestro autoconcepto, por lo que nos aferramos a seguir creyendo que las cosas ocurren porque nosotros las provocamos.

Esto aunado a las mil cantaletas que nos repitieron durante años: “¡mira lo que has hecho!, ¡por tu culpa estamos así!, ¡eres un niño muy malo, pobre de tu hermana!”; van dando lugar a un Imaginario muy vulnerable que, entre otras cosas, nos inculpa de todo lo que ocurre. Por eso, en momentos en los que nuestros padres peleaban, o a nuestros hermanos les pasaba algo, había una tendencia, casi automática, de asumirnos como culpables de las circunstancias.

Más tarde, cuando en nuestra vida adulta ocurren ciertas cosas, tanto buenas como malas, sin darnos cuenta, conectamos con ese estado de la niñez en el que suponemos que somos nosotros los que de alguna manera, hemos promovido que ocurran dichas cosas, cuando en realidad ocurren por razones más profundas que el haber tenido un simple pensamiento, el haber expresado algún sentimiento o, incluso, el haber incurrido en una acción determinada. Esto quiere decir que, sin darnos cuenta, en ocasiones, preferimos creer que hemos tenido el poder para influir nociva o positivamente en la vida de alguien, antes de pensar que nuestras palabras o actos han sido intrascendentes. Hay quienes se vuelven unos expertos en sentir culpa por casi todo, incluso cuando es evidente que no tienen nada que ver, pero cuando uno ha aprendido a crecer así, siempre buscará razones para sentirse culpable por lo que sea, incluso como una forma de afirmar su existencia. Preferimos sentirnos culpables a sentirnos insignificantes.

El grupo permitió que Martha pudiera ajustar su visión a una percepción más real, haciéndole ver que sus sentimientos o pensamientos relacionados a su hermana nunca pudieron ser lo suficientemente poderosos para provocarle tanto sufrimiento. “Con todo lo que me dicen me doy cuenta que la culpa ha sido el medio para validar mi existencia, haciéndome sentir importante. ¿Quién me creo que soy para poder dañar a alguien de esa manera? Veo cómo me he desgastado, incluso paralizado frente a esta situación… ¡Hoy tengo muchas ganas de acercarme a mi hermana para ayudarla, pero desde mi amor por ella y no desde la culpa!”.

La experiencia de Martha fue realmente liberadora para el grupo, porque les permitió dejar de cargar para empezar a sanar:

“Con todo lo que escucho, por fin puedo atreverme a decir algo que sé que es una locura, pero que de igual forma me atormenta; siempre he pensado que la homosexualidad de mi hijo se debió a algo que yo dije o hice y eso me genera mucha culpa. Pero hoy descubro que siempre busco ponerme al centro, como si todo tuviera que ver conmigo, cuando en realidad soy una simple espectadora”.

“Sentir culpa por haberle dicho a mi madre que no entendía cómo mi papá pudo haberla elegido como su esposa, me ha hecho sentir que fui yo quien le destrozó la vida. Hoy veo que su alcoholismo se debe a muchas otras cosas que nada tienen que ver conmigo, pero a veces quiero pensar que mis palabras son demasiado poderosas como para provocar una enfermedad… y la verdad es que no es así. Hoy me doy cuenta de que mi responsabilidad radica en haberla agredido, así que lo asumo, y buscaré la forma de repararlo. Pero sobre todo me doy cuenta que mi ofensa no la convirtió en alcohólica. Que su enfermedad tenía razones diferentes y mucho más profundas que mis hirientes palabras. ¡Qué liberación!”.

“Haber maltratado a mis hijos en el pasado me persigue todos los días. Hoy descubro que esa culpa me ha paralizado y por lo tanto, quiere decir que no he sabido convertirla en un sentimiento que me ayude a reparar con amor el daño que les pude haber hecho. Hoy comprendo que fui madre con mis propios recursos, criar a mis hijos sola no fue fácil, me sentía rebasada y muy enojada por el abandono de mi esposo. ¡Gracias! Es un regalo saber que puedo convertir lo que siento en responsabilidad, muy diferente de sentir que necesito castigarme por mis errores del pasado”.

El espejo de la técnica grupal

El que los participantes logren convertir sus culpas persecutorias en culpas reparadoras, o lo que es lo mismo, en vergüenza moral, resulta tremendamente liberador. En Semiología de la Vida Cotidiana comprendemos que todos somos cien por ciento responsables de cada una de nuestras acciones, pero no somos culpables de ninguna. Esto quiere decir que la culpa persecutoria es un sentimiento que se origina a partir del Imaginario, pudiendo llegar a ser altamente destructiva, generando que frente a los errores que cometemos nos sintamos paralizados, perseguidos y atrapados en nuestro mundo interno. Quedamos devastados por la autocrítica y los juicios excesivos en contra nuestra. El riesgo de ello, es que al no haber un proceso de comprensión hacia nuestras equivocaciones, dejamos de aprender de ellas y, por lo tanto, nos condenamos a repetirlas.

Vivir la culpa desde el Yo Observante, es muy diferente, ya que nos permite cobrar conciencia de nuestros actos, asumirlos y repararlos en la medida de lo posible. Es decir, nos permite salir de la fantasía para ajustarnos a la realidad, es una invitación a fortalecernos a través de la experiencia para intentar ser mejores personas.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Espero que la experiencia relatada por Martha, te lleve a reflexionar sobre aquellos sentimientos de culpa que han flagelado tu existencia. Las personas necesitamos abandonar el pensamiento absurdo de que todos los conflictos que ocurren a nuestro alrededor son de alguna manera resultado de nuestras iniciativas y participaciones. Aprender a tomar responsabilidad por nuestras acciones es muy diferente de pensar que hemos querido dañar intencionalmente a alguien con nuestras decisiones, actos o pensamientos. Aprender a comprendernos y a perdonarnos es fundamental, de otra manera, continuaremos sintiéndonos perseguidos por nuestros actos más íntimos de destrucción.

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¿Es la culpa un sentimiento solitario o va en función de lo que los otros piensan de mí?, ¿de qué dependerá que algunas personas no experimenten culpa?, ¿qué diferencia existe entre responsabilizarnos de nuestras acciones y sentirnos culpables por ellas?

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

Referencias bibliográficas

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Apariencias que asfixian

Los participantes esperaron a que se cerrara la puerta de la sala para dar comienzo a la sesión. Hoy Víctor se dirigió a Paola para decirle lo siguiente: “Me desespera la forma en la que expresas las cosas, siempre que hablas tengo la impresión de que finges el tono de voz… ¡te siento falsa!”.

Paola solía llegar al encuentro un poco antes de comenzar la reunión, se aseguraba de que las sillas estuvieran colocadas de tal manera que formaran un círculo perfecto. Era una mujer exigente consigo misma, respetuosa de las normas y el deber ser. Existía en ella una dificultad para contactar con emociones negativas, las vivía como reprobatorias o como si algo en ella fuera inadecuado. Su imagen ante los demás era lo que ponderaba por encima de todo. Hoy, con el comentario de Víctor estaba recibiendo un golpe donde más le dolía, pero a pesar de ello, parecía no inmutarse, se mantuvo “dulce” y soltó una carcajada como si aquello no hubiera sido demasiado disruptivo.

El grupo inmediatamente reaccionó, algunos mostraron coraje por la respuesta de Paola, no entendían el por qué se reía frente a una revelación tan fuerte. Otros, sintieron el impulso de protegerla al percibirla sumamente frágil, pero también hubo quien se mostró pasivo y ajeno a la escena. En ese momento el grupo se convirtió en una red de yoes auxiliares que expresaban lo que ella estaba incapacitada para hacer: sentir enojo.

Terminó la sesión, Paola salió de la sala y no se despidió de nadie, sin embargo, el proceso de cambio era latente. En el siguiente encuentro, Paola logró expresarle al grupo su disgusto por lo que había ocurrido la última vez: “Quiero decirles que el encuentro pasado me fui muy enojada, pero también acepto que no supe cómo expresar mi coraje aquí con ustedes. Como siempre, me lo tragué, sentí que mostrarme molesta frente al grupo era dejar expuesta mi imperfección y eso es algo que no puedo tolerar”.

Aceptó que usando un tono “cálido” intentaba ser reconocida por los demás, pero gracias al espejo que le puso Víctor pudo saber que provocaba todo lo contrario: el rechazo.

El grupo comprendió cómo todos en un momento dado nos hemos colocado máscaras para sentirnos aceptados, pero paradójicamente, esas defensas son las que finalmente nos terminan aislando, porque dejamos de ser nosotros mismos. Lo que realmente estaba apreciando el grupo en ese momento era que Paola pudiera mostrarse auténtica, vulnerable, imperfecta.

Víctor se percató de su reacción desproporcionada frente a la conducta de Paola, así que pudo ver lo que en el fondo lo estaba perturbando: “Estoy harto de seguir fingiendo que quiero a mi mujer cuando en realidad ya no la amo… hace tiempo que dejé de hacerlo. Sin embargo, no quiero lastimar a nuestra hija si expreso lo que siento… hoy descubro que lo que en realidad me irrita es mi propia falsedad”.

Con frecuencia las gratificaciones que se reciben a partir de algunas conductas culturalmente premiadas incitan a que la energía de la persona esté puesta en sostener dicha máscara. Las consecuencias de ello derivan en que la genuina identidad queda desprovista de esa energía, por lo tanto, el yo se deprime. La persona se siete vacía, sin capacidad para profundizar emocionalmente y sus tendencias agresivas quedan ocultas bajo el rostro de la bondad.

Para el grupo fue reparador ver a Paola reponerse de una verdad tan confrontante. Su actitud mostraba, que la realidad, por dura que sea, siempre ordena nuestro mundo interno. Ese día, Paola, no necesitó acomodar más sillas…

Lo ocurrido a lo largo de estos encuentros propició que los participantes asomaran su verdadera identidad, lo que implica un requisito previo para establecer una relación significativa, ya sea diádica o en un grupo. Muestra de ello, fueron las siguientes epifanías:

““¡Seguir fingiendo sobre mi homosexualidad me hace sentir realmente enojado! Siempre pensé que esta falsedad, que oculto bajo la máscara de la consideración, era el precio que tenía que pagar para no lastimar a mi madre. Hoy me doy cuenta, que en realidad soy yo el que se ha estado protegiendo. ¡Me perturba la angustia de decepcionarla con mi verdad!… pero si no puedo ser genuino, entonces ¿qué clase de vínculo es el que tengo con ella?”.

“El valor que has tenido para mostrarte como eres me deja impactada, en cambio yo, he construido la fachada perfecta. Si supieran en realidad la frustración y la rabia que muchas veces me provoca tener un hijo con capacidades diferentes, dejarían de admirarme tanto… pero me las he arreglado muy bien para mostrarme como una mujer fuerte e inquebrantable. Hoy me doy cuenta que con mi actitud lo único que hago es alejar la ayuda que de verdad anhelo, incluso un hombro para llorar mi tristeza… Me hace muy bien venir aquí, no hay nada más satisfactorio que poder ser yo misma”.

“A veces siento que mi vida es una obra de teatro en la que nunca logro ser yo. La inseguridad que me provocan mis orígenes humildes me tortura todos los días. Me doy cuenta de cómo me quejo de que las mujeres sólo me quieren por mi dinero. Sin embargo, hoy descubro que soy yo el que ha querido hacerles ver una realidad que además, ni siquiera es cierta: mostrarme exitoso y poderoso es un disfraz para que no se note mi vulnerabilidad. ¡Es irónico, pero me he convertido en la víctima de mi propia falsedad!”.

El espejo de la técnica grupal

Para que se dé un trabajo profundo dentro de la cámara del espejo grupal es necesario respetar como parte del encuadre, que el vínculo de los participantes se preserve únicamente dentro de este espacio. Sabemos que la amistad es una experiencia muy reparadora, sin embargo, dentro del grupo juega un papel delicado que va en contra del proceso. Cuando los participantes desarrollan una amistad dentro del grupo es como si se envolvieran con un traje de neopreno que los mantiene herméticos, evitando abrirse y decirse la verdad de sus percepciones. Para que los participantes experimenten absoluta libertad y puedan hablar de todo lo que piensan y sienten, necesitan saberse anónimos uno en la vida del otro.

Esta viñeta pone de relieve cómo los rasgos de la falsa personalidad son una coraza defensiva que las personas hemos construido con el fin de protegernos y adaptarnos a una realidad que descubrimos amenazante. Estos rasgos fueron configurados en etapas tempranas del desarrollo, ya que de niños era cuando más desprotegidos nos vivíamos. Su condición obedece a la imitación de patrones que en algún momento idealizamos, pero que más tarde operan sin que podamos advertirlo. La sensación de ser descubiertos o delatados dentro del grupo resulta en una gran crisis para el autoconcepto. Cuando eso ocurre, es necesario diluir las emociones entre los participantes, de tal forma que la experiencia no se vuelva amenazante para nadie. La técnica se centra en que todos los involucrados puedan llevar la reflexión a su propia experiencia, evitando entonces señalar a nadie.

Las crisis anuncian un cambio, por lo tanto, habrá que hacer un duelo con lo que en su momento utilizábamos para evitar sentirnos inseguros. Pero si logramos tolerar esta herida, habremos encontrado lo que tanto anhelamos: ir al fondo de nosotros mismos.

Que alguien en el grupo esté dispuesto a quitarse la máscara se vuelve tremendamente reparador para los demás, pero no sólo eso, sino que fortalece la credibilidad del grupo al descubrirse como espejos auténticos; capaces de reflejarse cualquier realidad, convencidos de que por dura que sea, siempre repara.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Con el tiempo, las defensas que construimos para protegernos de una realidad que percibíamos amenazante, pierden vigencia, pero además, nos someten a tener una vida muy vacía. Víctor en este encuentro, descubrió la defensa de Paola, pero no sólo eso, ambos se permitieron ajustar su autoconcepto a partir de esta revelación. Tal vez estos espejos te permitan reflexionar sobre aquellas partes de ti que necesitan ser actualizadas, de otro modo, corres el riesgo de dejar de ser tú, exponiéndote a proyectar la imagen falsa de tu verdadero yo.

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¿Cómo distinguir nuestra falsa personalidad de nuestra genuina identidad? ¿De qué dependerá la construcción de los rasgos de la falsa personalidad? ¿La frustración y la configuración de una falsa personalidad pudieran estar relacionadas?

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

Referencias bibliográficas

  • Ruiz, A. (2017). Curso II, Huella de Abandono. Instituto de Semiología, S.C. https://semiologia.net/curso-ii-huella-de-abandono/
  • Bowlby, J. (1988). A secure base: Parent-child attachment and healthy human development. New York: Basic Books.
  • Dupont, J. (1988) The Clinical Diary of Sándor Ferenczi. Cambridge, MA: Harvard University Press.
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El conflicto de querer cambiar y no querer perder

Fue Oscar quien decidió comenzar el encuentro, se desparramó en la silla para comunicarle al grupo que una vez más se encontraba desesperado: “¡A veces pienso que lo mejor sería que mi madre se muriera!”.

Oscar era el mayor de tres hermanos y su mamá, una mujer de 78 años, desde joven sufría de asma. A pesar de que los médicos habían logrado estabilizar su enfermedad, demandaba mucha compañía. Si bien él no era su único hijo, sí parecía ser el único que de inmediato respondía para aliviar sus ansiedades. Había días en que prácticamente no lo dejaba moverse de su lado, pero por más abusiva que esta situación pareciera, Oscar no hacía nada para frenarla.

El grupo se sentía impotente. Cada vez que este tema salía a la luz, daba la impresión de que Oscar se las arreglaba muy bien para justificar su incapacidad para ponerle un límite a lo que estaba ocurriendo. Su narrativa personal se había convertido en un escudo de quejas que no le permitían salir de lo que parecía un círculo de negatividad.

Oscar llegó al grupo porque decía sentir mucho coraje. Desde que sus padres se separaron, él tomó la responsabilidad de cuidar a su madre, mientras tanto, sus hermanos disfrutaban de la comodidad de ver que Oscar no paraba en remediar sus necesidades. Hoy, a sus 55 años vivía sometido a los requerimientos de su madre, una mujer que si bien estaba enferma, parecía empoderarse a partir de la obediencia que su hijo le procuraba, pero una condición así, sólo puede terminar por intoxicar el vínculo. Pero, ¿cuál sería el sentido profundo que lo llevaba a querer complacerla a pesar de él?, ¿por qué sería que insistía en justificar su incapacidad para terminar con esta dinámica que se había vuelto insoportable para Oscar? A medida que tanto él como todos los participantes reconocieran que cambiando era la única forma en la que conseguirían liberarse de sus propias conflictivas, dejarían de ver el cambio como un peligro.

Sin embargo, este logro puede no bastar. Por ello, es importante considerar como obstáculo frente al cambio las gratificaciones que nos ha traído nuestra disfuncionalidad, por ejemplo: disminuir el sentimiento de culpa, evadir nuestras responsabilidades, llenar el vacío a costa de lo que sea, provocar lástima o compasión evitando con esto el juicio de los demás, controlar a todo y a todos, entre muchos otros beneficios que no queremos perder. En otras palabras, nos resistimos a cambiar porque el cambio y la pérdida se encuentran íntimamente relacionados.

Para Oscar, dejar de sufrir al complacer a su madre en lo que fuera, sería igual a renunciar a ser el salvador de la familia. Oscar a nivel consciente realmente deseaba terminar con el sometimiento, pero en el fondo, para él acabar con el sufrimiento, implicaba, paradójicamente una pérdida para su autoconcepto: dejar de ser el favorito. ¿Pero cuándo fue que esta historia comenzó? Por lo general estas narrativas se construyen a partir de una gratificación que al principio nos gustó, pero que con el tiempo es difícil apartarse de ella, aunque se trate de veneno.

Esto llevó al grupo a un cuestionamiento aún más profundo para quienes lo escuchaban elaborar su problemática. ¿Cuál es el precio que en la vida estamos dispuestos a pagar con tal de sentirnos aceptados? ¿Es posible que elijamos perdernos a nosotros mismos por no querer soltar nuestros deseos conflictivos?

En el grupo su conducta se reflejaba de forma paralela: Oscar buscaba de todas formas quedar bien con los participantes, pero sobre todo conmigo. Siempre me llamó la atención que sus intervenciones generalmente iban dirigidas exclusivamente hacia mí, es decir, si alguien le preguntaba algo o le hacía algún tipo de señalamiento, en lugar de responderle directamente a su interlocutor, lo hacía buscando mantener contacto visual conmigo. Cuando le hice notar su conducta, pudo responder con toda claridad que para él era muy importante saber que contaba con mi aprobación. Así, por sentirse aceptado por mí, perdía la oportunidad de vincularse genuinamente con el grupo.

De este modo fue que Oscar pudo detenerse para hilvanar lo siguiente: “Ahora descubro lo fundamental que es para mí sentirme aceptado por todos, pero sobre todo por mi madre. ¡Es increíble lo que estoy dispuesto a hacer con tal de lograrlo! De qué me sirve que me diga: ¿qué haría yo sin ti?… cuando vivo tan frustrado y enojado con mis hermanos, con ella y por supuesto conmigo… ahora veo que me quejo, como si eso significara vivir intensamente, pero dejarlo de hacer sería cambiar, y por lo tanto, perder algo que me ha gratificado siempre: ser tan especial para mi madre”.

La fantasía de Oscar al imaginar a su madre muerta era comprensible, sin embargo, no puedo decir que de cumplirse resolvería algo. Es decir, su necesidad de aprobación significaba la herencia de ese vínculo e iba más allá de la vida de su madre. Pero darse la oportunidad de siquiera contemplar un cambio implicaba un gran conflicto: “¡Siento una opresión en el pecho sólo de imaginarme qué pasará el día que me atreva a expresar mis necesidades!…”.

A menudo, cambiar es algo que nos atormenta porque descubrimos que nuestras actitudes conllevan una ganancia a pesar del sufrimiento que nos han provocado. Estos “beneficios” se convierten en un paliativo para nuestra Huella de Abandono, pero además, generan una enorme ambivalencia: la contradicción interna de querer cambiar, frente a la dificultad de renunciar a lo que se ha logrado a consecuencia de nuestro comportamiento disfuncional.

Madres como la de Oscar, son como son, porque hay hijos dispuestos a promover esta dinámica y viceversa. Dicho de otra manera, ninguna disfuncionalidad existe en el vacío.

La experiencia de Oscar fue la oportunidad que los demás necesitaban para liberar las siguientes epifanías:

“Me doy cuenta de cómo el aceptar que mi esposo se relacione con otras mujeres, aunque me destroce el corazón, es el precio que he decidido pagar con tal de no sentirme sola. Cambiar implicaría perder la incongruente seguridad que me ha dado este matrimonio”.

“Ahora que escucho al grupo, para mí asesorar a mis hijos es fundamental, no los veo preparados para que tomen sus propias decisiones. Sin embargo, me doy cuenta de que eso les ha provocado una enorme inseguridad, pero cambiar, implicaría perder mi control sobre ellos”.

“Puedo ver que al estar diagnosticada con depresión hace que mi familia me dé un trato especial, ¡suena horrible, pero cambiar sería una pérdida! Es increíble lo que estoy dispuesta a vivir a cambio de estos beneficios absurdos…”.

El espejo de la técnica grupal

Una de las tareas del grupo y del conductor consiste en ayudar a los participantes a observar su conducta para que puedan modificarla de forma eficaz. Resulta revelador descubrir cuáles son aquellas ganancias que han recibido de su disfuncionalidad, de tal manera, que puedan contrastarlas con el sufrimiento al que se han sometido para lograrlo. Trabajar en ello representa una ruta de salida que les permitirá, por identificación con los demás, perder el miedo a cambiar.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Tal vez estos espejos protagonizados por Oscar te permitan conocer las razones profundas por las cuales te resistes a cambiar, pero además, reflexionar sobre el precio que en la vida has estado dispuesto a pagar con tal de sentirte amado. En Semiología de la Vida Cotidiana aprendemos que estas actitudes disfuncionales que tanto nos perturban, están sustentadas por nuestro sistema de pensamientos, creencias y valores, los cuales necesitamos modificar si queremos terminar con estos vicios que retrasan nuestro crecimiento.

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¿Cómo la resistencia al cambio y un autoconcepto devaluado podrían estar relacionados? ¿Consideras que ser conscientes de las ganancias que conlleva el sufrimiento es razón suficiente para alcanzar el cambio tan anhelado? ¿Crees que existan personas que conscientemente decidan mantener su sufrimiento con tal de seguir recibiendo algo de los demás?

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

Referencias bibliográficas

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Autosabotaje… la paradoja de tener lo bueno y destruirlo

Habían transcurrido doce minutos del inicio de la sesión cuando el último participante entró a la sala. Alma llegó al grupo exigiendo absoluta atención ante lo que estaba a punto de compartir: -¡Quiero el divorcio!, dijo con gran desesperación. Ya no toleraba seguir viviendo a lado de un hombre que se había convertido en lo que a su juicio llamaba, un “fantasma”.

Alma siempre tuvo dificultades para involucrarse afectivamente con alguna pareja, cuando finalmente lo consiguió, se sentía decepcionada. Su esposo, un abogado exitoso, en poco tiempo logró dirigir el área jurídica de la compañía para la que trabajaba. Si bien su posición le daba la oportunidad de que él y su familia tuvieran muchos privilegios, del mismo modo vivía las consecuencias de haber tenido que asumir un sinfín de responsabilidades. Con frecuencia, el éxito también conlleva pérdidas que nos toman por sorpresa. El tiempo que podía dedicarle a Alma y a sus dos hijas era poco, sus viajes y compromisos de negocios lo mantenían abrumado, pero a pesar de ello, el fin de semana procuraba estar en casa para compensar sus ausencias. Esto a Alma parecía no satisfacerle, incluso daba la impresión de que estaba dispuesta a destruir lo que por tanto tiempo deseó: un buen vínculo.

El grupo en ese momento la confrontó; consideraron arrebatado el enojo de Alma, sobre todo, porque en sesiones anteriores les había parecido que él, aunque un hombre ocupado, era una buena persona, padre responsable que se hacía presente con detalles y que además la apoyaba en todos sus proyectos. Ella daba la impresión de disfrutar los placeres que este “fantasma” le daba, sin embargo, Alma estaba a punto de convertir el triunfo de su vida, en un gran fracaso. Esto llevó a una reflexión aún más profunda al grupo: ¿por qué cuando por fin se nos presenta lo bueno, no lo queremos e incluso, lo saboteamos?

La vida nos ofrece muchas posibilidades para probar el buen alimento. Sin embargo, hay que saber identificarlo. Pero cuando en la infancia no lo tuvimos, nos es muy difícil reconocerlo. Sin darnos cuenta nos volvemos expertos en rechazar nuestro propio bienestar, porque constantemente buscamos lo que nos resulta conocido. En otras palabras, si lo que recibimos de nuestros padres o quienes nos cuidaron fue rechazo, abandono, distancia, o cualquier otra experiencia que nos haya marcado, esa será la experiencia que, de manera involuntaria, buscaremos repetir en la vida. Pero cuando se nos presenta la posibilidad de probar algo diferente: la sensación de sentirnos mirados y tomados en cuenta nos confronta, porque aceptar lo bueno es aceptar que en el pasado no lo tuvimos.

Fue así que Alma logró volcar la mirada sobre sí misma y descubrir lo siguiente: “Me doy cuenta de que mis padres no tuvieron una buena relación, mi padre con sus infidelidades y maltratos destruyó a la familia, pero no solo eso, lastimó mucho a mi madre. El simple hecho de pensar que a mí me pudiera ir bien en mi matrimonio, me hace sentir como si le estuviera dando un golpe bajo a mi madre”.

Alma también pudo descubrir cómo constantemente intentaba sabotear el encuadre de trabajo sobre el cual edificamos los principios del buen vínculo grupal. Uno de los acuerdos que establecemos en las primeras sesiones de trabajo es el de preservar nuestros lazos exclusivamente dentro de este contexto. De otra forma, el grupo pierde, porque empieza a haber información fuera de este espacio que no todos conocemos, y por lo tanto se entretejen secretos que dificultan la experiencia. Sin embargo, a pesar de mi insistencia en ello, Alma buscaba la manera de ignorar este convenio. Al terminar las sesiones, ya en el pasillo, se acercaba a alguno de sus compañeros para invitarlo a tomar café y continuar la charla, pero además, procuraba hacerlo discretamente. Es como si a través de esta acción repitiera simbólicamente las infidelidades del padre, y asimismo se encargaba de destruir lo que era bueno para ella y para el grupo, la sedimentación de un buen vínculo terapéutico.

Para Alma la oportunidad de tener una buena relación, representaba serle desleal a su madre, por lo tanto, buscaba de todas formas sabotearse.

Una de las razones del autosabotaje responde al pensamiento prohibitivo de llegar más allá de los padres y sobre todo, cuando se percibe la sensación de rabia o envidia de alguno de ellos, de tal forma, que experimentar el éxito sería tanto como traicionarlos.

La cámara del espejo grupal permitió que la experiencia de Alma se reflejara en todos los demás, propiciando epifanías como las siguientes:

“Reconozco que tal vez no he sabido apreciar los cuidados de mi suegra. Cada vez que lo hace rechazo su ayuda, no tolero tanto cariño, ahora me doy cuenta de que aceptar lo que me da, sería tanto como aceptar que mi madre nunca pudo dármelo porque seguramente tampoco lo tuvo, por eso lo saboteo, para evitar enfrentarme a esa herida”.

“Me provoca angustia creerme las cosas buenas que me dicen, siento que si lo hago, después la gente me puede envidiar, y entonces sería confirmar el por qué mi hermano no me tolera, prefiero sabotearme y hacerme ver como un perdedor, así no tendría razones para odiarme”.

“Hoy veo que me quejo mucho de mi trabajo, incluso he pensado en renunciar, pero la realidad es que tengo que aceptar que me ha dado lo que siempre quise: tener la posibilidad de realizarme como arquitecto. Mi padre nunca pudo estudiar la carrera de arquitectura por falta de recursos económicos y eso me genera culpa. ¿Me estaré saboteando?”.

El espejo de la técnica grupal

Establecer un buen encuadre de trabajo en las primeras sesiones de grupo es fundamental para delinear las bases de un buen vínculo. El encuadre se traduce en el modo en que el grupo va a operar desde el primer encuentro. Esto incluye: horario y fechas de sesiones, número de participantes, establecer el tipo de relación que tendrán sus integrantes, confidencialidad, función del conductor y asistente, entre muchos otros aspectos. Sin embargo, de vez en cuando, algunas personas rechazan el encuadre de forma abierta o encubierta. Delimitar el vínculo implica establecer una relación predecible y confiable, lo que resulta disruptivo y ajeno para algunos de ellos, es un alimento con el cual no están familiarizados. Poco a poco los participantes comienzan a autorregular su postura porque empiezan a descubrir que el grupo los nutre de algo bueno. Lo que sucede en sus vínculos sucederá en el grupo, descubrirlo y aceptarlo le permite al participante comprender las motivaciones profundas de sus acciones, pero no solo eso, se da la oportunidad de ensayar una actitud diferente frente al buen alimento.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Alma, con su experiencia, nos invita a reflexionar sobre la incapacidad que en ocasiones encontramos para recibir cosas buenas en nuestra vida. Cuando en etapas tempranas del desarrollo percibimos de forma inadecuada las siete fuentes del sentido de pertenencia: afecto, apoyo, comprensión, placer, inspiración, conocimiento y reconocimiento, que configuran en detalle la Huella de Abandono, aceptarlas en otro momento nos resulta disruptivo. Incluso, ante esta dificultad que experimentamos, las rechazamos. Tal vez el relato de esta sesión te permita descubrir cómo frente a la culpa de tener lo bueno, la paranoia de sentirte envidiado, o la incapacidad para asumir las pérdidas que el triunfo conlleva, entre muchas otras razones, nos autosaboteamos para evitar emociones que descubrimos muy poco tolerables.

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¿Consideras que el autosabotaje y el hedonismo pudieran estar relacionados? ¿Será el autosabotaje producto de las exigencias internas? ¿De qué manera consideras que el éxito pudiera derivar en ansiedad, paranoia o incluso depresión?

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

Referencias bibliográficas

  • Ruiz, A. (2017). Curso II, Huella de Abandono. Instituto de Semiología, S.C. https://semiologia.net/curso-ii-huella-de-abandono/
  • Seuss, Dr. (2004). Did I ever tell you how lucky you are? Londres: Harper Collins.
  • Freud, S. (1914- 1916). Los que fracasan cuando triunfan. Argentina: Amorrortu editores, 1984 XIV.
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Cuando la agresión es una forma de encubrir la tristeza

Durante los encuentros suelen haber comentarios provocadores. Sergio, un hombre que constantemente buscaba llamar la atención del grupo, en esta ocasión quería pelear. Llegó a la sesión como habitualmente lo hacía: acompañado de un café, mismo que en muchas ocasiones derramaba accidentalmente en la alfombra de la sala. Cuando eso sucedía fingía no darse cuenta y tampoco hacía nada por reparar la acción. Esta vez, no fue la excepción.

Habiendo transcurrido los primeros minutos de la reunión, Sergio le dijo a Julio que sus intervenciones no eran coherentes, así que mejor, debería de hacer un esfuerzo por llegar a tiempo para evitar salirse del tema. Después, se inclinó hacia delante para reprocharle a María que lo que había dicho la sesión pasada, respecto al enojo y la depresión, le parecía un disparate. El grupo parecía no incomodarse, a primera vista pudieron advertir que lo que buscaba Sergio, como muchas otras veces, era reñir. Literalmente derramaba su agresión durante los encuentros, tal vez, para Sergio, provocar al otro era la forma en la que aprendió a participar en su familia. Pero esta reflexión apuntaba a una verdad aún más profunda, ¿qué sería aquello que Sergio necesitaba ocultar detrás de su ira, abierta y por momentos encubierta?

A veces, agredir es una manera de evitar que el otro lo haga primero. Es una forma de controlar nuestra distancia frente a los demás. Sergio, sin darse cuenta, se esmeraba en provocar la rabia del grupo, porque así era la forma en la que aprendió a ser tomado en cuenta por sus padres: haciéndolos enfurecer.

Sin embargo, hay ocasiones en que el enojo, el silencio, la soberbia, entre muchas otras actitudes, esconden una enorme tristeza, la tristeza del vacío y la desolación.

Sergio pudo ver que el tamaño de la mancha de café en la alfombra hablaba de qué tan grande o pequeña era su necesidad de apartarse de mí, ya que en este espacio, yo le representaba una figura de autoridad. Pero además, simbolizaba la tristeza que le provocaba darse cuenta de que la herida de sentirse ignorado por sus padres, no iba a desaparecer. Cada vez que agredía, intentaba destruir esa emoción melancólica que se había vuelto muy poco tolerable para él.

Para muchas personas desplazar su agresión sobre las pertenencias del terapeuta o sobre las de alguien más, es menos amenazante que tener que hacerlo de forma frontal, es la manera en la que se protegen de hablar de su tristeza. Es decir, tirar el café accidentalmente nos puede ocurrir a cualquiera, pero tirarlo, manchar algo y no hacer nada al respecto cuando el daño es evidente, puede apuntar a una agresión pasiva.

Fue así que Sergio logró contactar con su mundo interno: “Siempre me sentí ignorado por mis padres. Hoy puedo ver que incitando su ira esperaba que me voltearan a ver; también descubro que el resentimiento que les he guardado durante tanto tiempo, se lo he querido cobrar a todos los que me rodean”.

El grupo también pudo ver cómo para ellos era más fácil fingir que no veían esta conducta en Sergio. Es decir, si el grupo hacía notar las manchas de café que Sergio dejaba, entonces se exponían a la posibilidad de que también a ellos les reflejaran sus imperfecciones. Por momentos, el grupo se alía estratégicamente sin darse cuenta, eludiendo ser delatados frente a su propia conflictiva. En el grupo esta conducta suele responder al dicho popular de: “hoy por ti, mañana por mí”.

Lo ocurrido con Sergio permitió que el síntoma se diluyera entre los presentes, llevándolos a hablar de cómo todos en algún momento de la vida vamos derramando conductas que además dejan marcas que fingimos no ver, y peor aún, que ni siquiera intentamos reparar.

La experiencia de Sergio se convirtió en la necesidad del grupo por hablar de su vacío en lugar de actuarlo, generando en los participantes epifanías como las siguientes:

“Ahora que me lo hacen ver, me doy cuenta de cómo he preferido derramar mi silencio antes que decirle a mi esposo lo enojada que me siento con él, y son esas manchas de mi incapacidad para hablar las que cada vez nos separan más”.

“Según yo, mi nuera me era indiferente, pero ahora entiendo porque se ha alejado tanto de mí; cada vez que me deja a sus hijos, olvido alguna instrucción que me da. Creo que necesito hablar de la agresión que sin darme cuenta he derramado con ella, por no querer ver lo que en realidad me provoca”.

“Me doy cuenta de que la intolerancia que derramo en el grupo es la misma intolerancia que derramo con cualquiera, prefiero agredirlos antes de que me descubran vulnerable”.

El espejo de la técnica grupal

La agresión pasiva es una actuación que aparece como consecuencia de no haber podido expresar de forma espontánea el enojo o la frustración frente a alguna situación de adversidad. Suele estar relacionada a un proceso pendiente con alguna figura de autoridad. La agresión, ya sea pasiva o activa, generalmente intenta ocultar una enorme tristeza (Murphy & Hoff, 2005).

La meta común a trabajar dentro del grupo es lograr que los participantes verbalicen sus emociones evitando caer en actuaciones. Sin embargo, en los primeros encuentros, es esperado que el grupo busque defenderse de contactar con su mundo interno a través de diferentes comportamientos, como pueden ser: intentar convertir las sesiones en un espacio aparentemente legítimo, para hacer amigos, hablar de la teoría, contar chistes o incluso convertirlo en el lugar ideal para tomar “café y galletas”; es decir, cualquier actividad que los distraiga de ellos mismos. Naturalmente, a medida que los participantes empiezan a experimentar, por identificación con los demás, la necesidad de abrirse y contactar con sus emociones, las defensas empiezan a ceder. Cuando el grupo puede hablar de lo que está ocurriendo y de lo que están sintiendo: habemus grupo.

Todos podemos vernos reflejados en estos espejos…

Lo sucedido en esta sesión nos permite comprender que no somos ajenos a la realidad de nadie. Todos los seres humanos derramamos actuaciones al ignorar los estados de ánimo que nos gobiernan. Muchas de nuestras conductas se convierten en síntomas que pueden alertarnos de que algo no está bien con nosotros mismos. Los olvidos, la pasividad, el silencio, la falta de compromiso, entre muchas otras conductas, pudieran ser actuaciones de aquellas emociones de enojo o frustración que no hemos logrado metabolizar adecuadamente, provocándonos una enorme tristeza que ni siquiera logramos advertir. Tal vez estos espejos orquestados por Sergio, te permitan reflexionar sobre cómo, secretamente, has intentado ocultar tu desolación detrás de conductas disfuncionales.

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La agresión, además de ocultar la tristeza ¿qué otras funciones crees que tiene para el ser humano? ¿Consideras que una persona puede llegar a ser violenta sin necesariamente haber sufrido violencia en su vida? ¿De qué manera crees que la frustración y la agresión pudieran estar relacionadas?

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

Referencias bibliográficas

  • Murphy, T., & Hoff, L. (2005). Overcoming Passive-Agression. Cambridge: Life Long.
  • Vives, J. (2013). La Muerte y su Pulsión. México: Paidós.
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Hoy Rebeca nos compartió su gran secreto. Después de varias sesiones confesó en el grupo algo que le provocaba una enorme vergüenza. Desde niña tuvo dificultades con su talla, sin embargo, se justificaba ante ello explicando que tenía problemas de tiroides, por lo que le resultaba difícil mantenerse en forma a pesar de las múltiples dietas que había intentado. En este encuentro, por fin, pudo decir la verdad: –hace tiempo que como a escondidas.

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Prólogo

Durante los últimos quince años he tenido la oportunidad de trabajar como psicoterapeuta y semióloga de la vida cotidiana en diferentes contextos. A lo largo de esta década y media, he tratado niños, adolescentes y adultos, pero especialmente desde 2013 he participado en la conducción y manejo de grupos. Lo que en un principio empezó como un programa empresarial, más tarde se convirtió en lo que hoy se ha fundado como los Grupos de Desarrollo de Conciencia (GDC).

El haber tenido el privilegio de crecer y educarme bajo los principios de Semiología de la Vida Cotidiana y mi formación profesional como psicóloga, maestra y doctora en psicoterapia clínica, me ha permitido colaborar en la creación de este proyecto cuyo objetivo es contribuir en la configuración de vínculos más satisfactorios para las personas.

Pero, ¿qué define a un buen vínculo? Por un lado, la disposición que tenemos las personas para acercarnos tanto física como afectivamente a los demás, así como qué tan predecibles y confiables somos al responder a las necesidades emocionales del otro (Bowlby, 1988). El buen vínculo tiene que ver con nuestra capacidad para estar presente, aún en la distancia. Esa presencia promueve la sensación de seguridad que va construyendo la experiencia emocional satisfactoria. El que un niño pueda evocar a su madre en momentos en los que no la ve y tener la seguridad de que regresará, o el que una pareja pueda discutir y expresar sus puntos de vista sin miedo a perder al otro, son ejemplos que hablan de la configuración de un mundo interno estable. La realidad es que no nacemos sabiendo vincularnos, esto es algo que aprendemos a lo largo de la vida. Por supuesto que la experiencia primaria con nuestros padres o figuras de amor representativas, determinan en gran medida nuestro estilo de vínculo, aun así, no llega a ser concluyente. Aprender a estar presente requiere de voluntad, implica el deseo por comprender el mundo del otro y, aunque ese mundo pareciera una versión antagónica a la nuestra, es descubrir que ambos convergen en un mismo anhelo: sentir que alguien se interesa por mí.

Lo que sigue es el relato de lo que hemos aprendido en los GDC. Este blog se construyó desde la experiencia compartida en los grupos, cada historia narrada es un testimonio que nos regala la oportunidad de comprender la vida a partir de los vínculos.

A continuación, describiré pequeñas viñetas de grupo. Si bien las historias son verdaderas, he velado algunos fragmentos cuidando en todo momento la confidencialidad de cada uno de los participantes. Este blog pretende exponer problemáticas actuales, casos con los que podamos identificarnos para que, a partir de su lectura, nos permita elaborar nuestras propias historias. Pero muy particularmente, intenta mostrar de qué manera los GDC funcionan como una matriz que decodifica la genuina identidad de quienes participan en él. Sólo a partir de saber quiénes somos y qué queremos, podremos responsabilizarnos de la forma en la que nos vinculamos con la vida.

Marco contextual

La Cámara del Espejo Grupal

Los orígenes remotos de este concepto están basados en la utilización de la cámara oscura: un cuarto negro con un minúsculo orificio a través del cual pasaba la luz. Los objetos que eran reflejados por este rayo de luz se proyectaban dentro de la cámara oscura, pero al revés, es decir, volteados de cabeza. Este instrumento constituyó las bases para la utilización del telescopio y más tarde para el desarrollo de la fotografía. Sus raíces se remontan a la época de Aristóteles, quien conservaba una descripción de la cámara oscura, sin embrago, no se le puede atribuir con certeza su invención a nadie. Más tarde, artistas como Roger Bacon, Leonardo da Vinci, Giovanni Battista, emplearon este aparato para la realización de varias de sus creaciones artísticas. Finalmente, su utilización derivó en lo que hoy conocemos como el objetivo de la cámara, permitiendo que se puedan capturar diferentes imágenes a diversas distancias, sin perder el foco primordial (Britannica, 2013).

Esto es lo que sucede dentro de la cámara del espejo grupal. Su configuración permite que cada participante se convierta en un espejo que le permita reflejar de ida y vuelta diferentes imágenes desde diferentes ángulos, sin perder de vista el objetivo focal. Cada participante es una caja negra que ha introyectado diferentes percepciones a lo largo de su vida. A cada hecho que ha ocurrido le ha otorgado un significado determinado, y son esos significados los que construyen el lente a través del que percibe la realidad que lo contiene. La cámara del espejo grupal permite que éstas se reflejen en otros espejos, provocando que la percepción de quien mira la imagen se modifique.

Una de las grandes ventajas de la consultoría grupal se asienta dentro de este principio, ya que al integrar un círculo de espejos con diferentes proporciones: algunos planos, otros cóncavos o convexos, los espectadores podrán ver la realidad que les refleja, incluso también las distorsiones que pudieran desprenderse de la imagen. Contemplar estos reflejos invita a hacer una pausa consciente para observar y reflexionar sobre la conducta que ahí se aprecia. Además de ello promueve que los participantes comiencen a valorar y a considerar estas imágenes, aspecto fundamental para que el grupo se convierta en agente de cambio.

Cada imagen irá configurando un proceso, es decir, el conjunto de estas imágenes o epifanías constituye la posibilidad de que cada participante se reconcilie consigo mismo y con su narrativa. Así funciona la cámara del espejo grupal.

Texto: Natalia Ruiz / Ilustración: Diego Zayas

Referencias bibliográficas

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